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Diario original

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Crónicas disponibles

Metal Gear Solid 3 Delta

El diario de Big Boss

PrólogoPRÓLOGO: EL PESO DEL LEGADO

Prólogo — PRÓLOGO: EL PESO DEL LEGADO

Dicen que el tiempo cura todas las heridas.

Quienquiera que haya dicho esa estupidez, nunca fue un soldado.

El tiempo no cura nada. Solo entierra los recuerdos bajo capas de cinismo y cicatrices.

Me llaman Big Boss. El soldado legendario. El mercenario perfecto que salvó al mundo de la aniquilación nuclear en la Guerra Fría. El hombre que superó a su maestra.

Odio ese nombre.

Cada vez que alguien lo pronuncia, siento que me están escupiendo a la cara. Porque ese título, esa estúpida medalla que el gobierno me colgó en el pecho… no está hecha de honor. Está forjada con la sangre de la única persona que de verdad me importó, y construida sobre una mentira tan colosal que terminó fracturando mi alma para siempre.


Para que entiendas quién soy. Para que comprendas por qué abandoné mi patria y decidí que los soldados necesitábamos nuestra propia nación, sin fronteras y sin políticos… un verdadero Outer Heaven… tienes que entender cómo morí.

Sí. El joven patriota llamado Jack murió en agosto de 1964.

Lo que regresó a casa caminando sobre dos piernas… fue un cascarón vacío.


Esta es la verdad sobre Tselinoyarsk.

Sobre la Operación Snake Eater.

```
Capítulo 1LA MISIÓN VIRTUOSA

Todo comenzó el 24 de agosto de 1964. La C.I.A. y mi unidad, FOX, liderada por el Mayor Zero, me enviaron a la región montañosa de Tselinoyarsk, en la Unión Soviética.

Mi nombre en clave era Naked Snake. Fui el conejillo de indias para el primer salto HALO de la historia: caída libre a gran altitud, apertura a baja altitud. Caí en aquella selva húmeda, hostil y plagada de soviéticos con un solo objetivo en la Misión Virtuosa: rescatar al científico Nikolai Sokolov.

Sokolov era un desertor. Había sido forzado a desarrollar un monstruo de metal llamado Shagohod. Un tanque colosal, capaz de acelerar a cientos de millas por hora y lanzar un misil nuclear desde cualquier coordenada de la Tierra.

Si la facción extremista del Coronel Volgin lograba terminarlo, la disuasión nuclear sería un chiste.

La Guerra Fría terminaría en un baño de fuego atómico.


Pero yo estaba tranquilo. Porque no estaba solo.

Tenía apoyo por radio. Tenía a Zero, a Para-Medic, a Sigint... y la tenía a ella.

The Boss.

¿Cómo te explico lo que ella significaba para mí? Yo era un huérfano. El ejército me crio a base de golpes y disciplina ciega. Pero ella me adoptó cuando yo tenía quince años. Me enseñó a disparar, a sobrevivir en la naturaleza, a pensar como un guerrero.

Durante años vivimos aislados. Juntos creamos el CQC, el Close Quarters Combat. El combate cuerpo a cuerpo no es solo dar puñetazos y llaves; es una danza letal que requiere una sincronización y una confianza absolutas. Tienes que confiarle tu vida a los movimientos del otro.

Ella no era solo mi comandante.

Era mi mentora. Era lo más cercano a una madre.

Era la mitad de mi alma.


Logré infiltrarme en las ruinas donde tenían a Sokolov. Incluso me crucé con un joven engreído del escuadrón soviético GRU, un comandante llamado Ocelot. Era rápido, pero inexperto. Le di una paliza usando CQC y le aconsejé que dejara las pistolas automáticas y usara un revólver.

Todo iba según el plan. Tenía a Sokolov. Íbamos al punto de extracción.

Hasta que llegamos a ese maldito puente colgante.

Apareció caminando entre la niebla. The Boss. Llevaba su inmaculado traje de combate blanco. Pero algo andaba mal.

Detrás de ella estaban los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial: la legendaria Unidad Cobra. The Pain, The Fear, The End, The Fury, y el espíritu de The Sorrow. El escuadrón sobrehumano que ella misma fundó.

Me miró a los ojos, fríos como el hielo, y me dijo que desertaba a la Unión Soviética. Que se unía a la facción rebelde de Volgin. Como regalo de traición, traía dos ojivas nucleares portátiles norteamericanas.

No lo podía creer. Mi mente se quedó en blanco. Intenté detenerla. Usé el CQC que ella misma me enseñó...

Fui un idiota.

Me desarmó en un parpadeo. Me agarró el brazo y sentí cómo el hueso crujía, astillándose bajo su agarre implacable. El dolor me cegó. Me levantó en el aire y me arrojó por el borde del puente, hacia el abismo y el río helado.


Mientras caía, golpeándome contra las rocas y hundiéndome en las aguas gélidas, vi al cielo abrirse.

Volgin, ese sádico hijo de perra, tomó una de las ojivas nucleares Davy Crockett y, en un acto de pura locura, la disparó contra las instalaciones de investigación de su propio país.

Solo para culpar a The Boss.

Solo para culpar a Estados Unidos.

Un hongo de fuego devoró las nubes. Yo sangraba en la orilla, con el brazo destrozado, viendo cómo el mundo que conocía se convertía en cenizas.

Y con ese destello radiactivo...

se quemó mi fe ciega.

Capítulo 2EL DESCENSO AL INFIERNO

Washington entró en pánico. El líder soviético, Nikita Jrushchov, llamó por la línea roja al Presidente Lyndon B. Johnson exigiendo respuestas por la explosión nuclear en sus instalaciones de investigación.

La Guerra Fría estaba a punto de calentarse hasta fundir el planeta. Para evitar la Tercera Guerra Mundial y demostrar que el gobierno americano no tenía nada que ver con la bomba de Volgin, la C.I.A. me sentenció.

Era un ultimátum: o limpiaba nuestro nombre, o toda la recién formada unidad FOX, liderada por el Mayor Zero, sería desmantelada y nosotros ejecutados por traición.


Me enviaron de vuelta a ese infierno verde solo una semana después. Mi cuerpo era un mapa de dolor; aún sentía los huesos astillados y los ligamentos rotos por la paliza que mi propia mentora me había dado en aquel puente.

Bautizaron mi tormento como Operación Snake Eater. Mi misión era un suicidio a cuatro bandas: rescatar a Sokolov de nuevo, destruir el Shagohod, asesinar al Coronel Volgin... y eliminar a la mujer que me enseñó a vivir.

Tenía que matar a The Boss.


Aterricé en territorio soviético transportado por un dron sigiloso, llevando conmigo el pañuelo que le había arrancado a The Boss en nuestra última pelea. Quería respuestas.

Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido. Antes de poder orientarme, ella me encontró.

The Boss apareció de la nada montada en su caballo blanco, burlándose de mí y advirtiéndome que me fuera a casa. Intenté usar el CQC contra ella, pero fue inútil. Me dominó con una facilidad insultante, me desarmó y destruyó mi dron de transporte antes de marcharse, dejando que su caballo pisoteara mi mano en el proceso.

Estaba solo.

Más solo que nunca.


Mi primer objetivo era reunirme con un infiltrado de la KGB cuyo nombre en clave era ADAM. Pero en el punto de encuentro, no apareció ningún ADAM.

En su lugar, el rugido de una motocicleta rompió el silencio de las ruinas. Se hacía llamar EVA. Era hermosa, letal, y disparaba una vieja pistola china Mauser con la precisión de un demonio.

Para confirmar su identidad le pedí la contraseña. Su respuesta fue un susurro incomprensible para cualquier otro, pero claro para mí:

«Lalilulelo».

Apenas tuvimos tiempo para hablar cuando fuimos emboscados por el escuadrón soviético GRU, liderados por el mismo joven engreído que había humillado días atrás: el Mayor Ocelot.

EVA eliminó a varios de sus hombres con su motocicleta antes de que Ocelot la tomara como rehén. El muy sádico intentó dispararme usando un ornamentado revólver de acción simple que acababa de conseguir, pero olvidó un pequeño detalle en su teatrito de vaquero: no había contado las balas.

Su cañón estaba vacío.

Le perdoné la vida, dejé que huyera y EVA me entregó un disfraz de científico y una pistola para poder infiltrarme en las instalaciones de investigación.

Confié en ella. Fue mi primer error en una larga lista de errores que me llevarían a aborrecer a los gobiernos y a sus espías.


Con el disfraz de científico logré infiltrarme en el laboratorio buscando a Sokolov, pero a quien encontré fue al director del lugar: el Doctor Aleksandr Granin.

Estaba borracho, resentido y ahogado en su propio ego. Me contó que su diseño para un tanque nuclear bípedo, un proyecto al que llamaba Metal Gear, había sido rechazado por el alto mando soviético en favor del Shagohod de Sokolov.

Lleno de rencor, Granin me reveló que Sokolov había sido trasladado a la base principal de Volgin, la gigantesca fortaleza de Groznyj Grad, para terminar los preparativos del tanque.

Granin, solo para ver fracasar a su rival, me entregó una tarjeta de acceso que me permitiría atravesar un túnel secreto y llegar hasta la fortaleza.


Pero antes de poder usar esa llave, antes de poder llegar a los muros de Groznyj Grad y ver la cara de Volgin, tenía que cruzar la selva espesa y las cadenas montañosas de Tselinoyarsk.

Y la selva no estaba vacía.

Mis pasos estaban siendo observados.

La Unidad Cobra me estaba esperando. No eran simples soldados; eran las emociones crudas del campo de batalla encarnadas en monstruos con habilidades sobrenaturales que sobrepasaban el entendimiento humano.

Hombres y mujeres que, al morir, estallarían en pedazos por una microbomba implantada en sus cuerpos, solo para no dejar rastro y avisar a su líder de su caída.

Para poder llegar al corazón de la conspiración, iba a tener que cazarlos.

A todos y cada uno de ellos.

Capítulo 3LA CAZA DE LOS COBRAS

El primero fue The Pain. El Dolor. Y Dios sabe que le hacía honor a su nombre.

Un soldado mutado, un monstruo capaz de controlar enjambres enteros de abejas y avispas asesinas gracias a una reina que albergaba en su propia mochila... e incluso dentro de su propio cuerpo.

Me emboscó en las profundidades de una cueva subterránea, completamente a oscuras. No había a dónde correr. Las balas de mi rifle de asalto rebotaban inútilmente contra un escudo vivo y zumbante de insectos que lo cubría por completo.

Él reía mientras me disparaba con su subfusil Thompson, pero las balas no eran lo peor.

Eran sus abejas bala.

Me picaron docenas de veces. Sentía el veneno quemándome las venas como ácido puro, la fiebre subiendo por mi cuello, mi visión nublándose por el shock anafiláctico.

Tuve que usar mi cerebro y el entorno para no morir ahí mismo. Me sumergí en el agua helada del lago subterráneo, aguantando la respiración hasta que mis pulmones suplicaban aire, usando el lodo y la humedad para evadir el rastreo de su enjambre.

Jugamos al escondite en la oscuridad.

Emergía, le lanzaba granadas de fósforo y ráfagas de escopeta a quemarropa para romper su armadura de insectos, y volvía a hundirme.

Cuando finalmente cayó, no fue una muerte normal. Su cuerpo comenzó a convulsionar, suplicando por la bomba. Todos los Cobras tenían una microbomba implantada en sus entrañas para no dejar rastro de sus cuerpos y avisar a The Boss de su caída.

Estalló en pedazos, dejando atrás solo el eco de la cueva...

y el zumbido de abejas huérfanas.


Luego, en el espeso corazón del bosque de Graniny Gorki, me topé con The Fear. El Miedo.

Ese bastardo no peleaba como un hombre; se movía como una maldita araña gigante, dislocando sus articulaciones con chasquidos repugnantes para saltar de rama en rama a velocidades inhumanas.

Usaba un prototipo de camuflaje óptico que doblaba la luz y lo hacía prácticamente invisible en la espesa maleza, y me cazaba desde las alturas con una ballesta cargada de dardos impregnados en veneno.

Un dardo me rozó la pierna.

Sentí cómo mis músculos se paralizaban al instante, el veneno de la araña errante brasileña deteniendo mi torrente sanguíneo. Tuve que operarme a mí mismo escondido detrás de un tronco hueco, rezando para que no me viera.

Agarré mi cuchillo de supervivencia y escarbé en mi propia carne para sacar el dardo. Usé mi puro encendido para quemar y cauterizar la herida abierta, y me inyecté el suero antitoxinas directo en el muslo mientras apretaba los dientes para no gritar.

Sobreviví usando la tecnología a mi favor. Me puse mis gafas de visión térmica. El camuflaje óptico drenaba su energía rápido, obligándolo a cazar animales crudos en plena pelea para recuperar resistencia.

Seguí el leve rastro del calor de su cuerpo entre la niebla fría y lo acribillé como al animal rabioso en el que se había convertido.

Al morir, su cuerpo se llenó de sus propias flechas...

antes de estallar en una nube de sangre y fuego.


Pero nada... absolutamente nada te prepara para The End. El Fin.

El padre de todos los francotiradores modernos. Un anciano decrépito de más de cien años, veterano de mil guerras, que sobrevivía en la jungla gracias a la fotosíntesis de unos antiguos parásitos habitando en su cuerpo.

No necesitaba comer.

No necesitaba moverse.

Solo esperaba.

Aquel fue un duelo de resistencia mental y física que puso a prueba cada lección que The Boss me enseñó.

Horas eternas arrastrándome centímetro a centímetro por el lodo en tres kilómetros cuadrados de selva espesa y mortífera. Tuve que medir la dirección y velocidad del viento, controlar mis latidos, comer serpientes y ratas crudas para que el ruido de abrir una ración de combate no delatara mi posición.

Un solo error, un solo crujido de una rama seca bajo mi bota...

y una bala de alto calibre atravesaría mi cráneo antes de que pudiera escuchar el disparo.

Me acechaba usando a su loro como observador. Lo superé con paciencia infinita. Rastreé el destello de la lente de su mira telescópica bajo los rayos del sol y seguí las huellas que dejaba en el musgo.

Lo flanqueé.

Fue una batalla de honor entre dos fantasmas, una partida de ajedrez donde el tablero era la jungla entera.

Al final, no hubo explosión sangrienta. The End aceptó su derrota, me entregó su rifle, y se desintegró en una lluvia de luz y hojas verdes, fusionándose con el bosque que tanto amaba.


Después, las cosas se pusieron claustrofóbicas.

Descendí a los túneles de ventilación subterráneos de Groznyj Grad, una oscuridad de cemento y acero. Allí me aguardaba The Fury. La Furia.

Un ex cosmonauta soviético que había ido al espacio durante la Guerra Fría y regresó envuelto en un accidente de fuego y quemaduras de tercer grado.

Lo que volvió a la Tierra no era un hombre...

era un cascarón consumido por una ira incontrolable hacia un mundo que lo había traicionado.

Enfundado en un pesado traje espacial soviético ignífugo, armado con un jetpack y un lanzallamas industrial de grado militar, me persiguió por un laberinto de pasillos estrechos.

El calor era insoportable, asfixiante. Sentía mi piel ampollarse a través del uniforme táctico. El fuego devoraba el oxígeno del túnel, dejándome mareado y al borde del desmayo.

Jugamos al gato y al ratón en la más absoluta oscuridad, iluminados solo por lenguas de fuego de quince metros.

Usé explosivos C4, granadas aturdidoras y cuchilladas letales, todo para rasgar su traje blindado y exponer su carne al oxígeno.

Cuando finalmente colapsó, su furia fue tal que su fantasma en llamas pareció perseguirme por un segundo antes de que su microbomba detonara.

La explosión masiva arrasó las tuberías y casi colapsa el túnel entero sobre mi cabeza. Me arrastré entre los escombros y el humo tóxico.

Había sobrevivido.

Pero la cacería me estaba costando pedazos de mi propia humanidad.

Capítulo 4LA CÁMARA DE TORTURA Y EL RÍO DE LOS MUERTOS

Llegué al corazón mismo del mal: la inmensa fortaleza militar de Groznyj Grad.

Usé una máscara facial de polímero avanzado y me enfundé en un uniforme soviético para disfrazarme del Mayor Ivan Raikov. Logré infiltrarme en el laboratorio de armas secreto, caminando directamente entre las fauces del lobo.

Mi pulso era un témpano de hielo.

Encontré a Sokolov en una de las salas de desarrollo. Pero era demasiado tarde. Me entregó un microfilm con todos los datos y me confesó que el Shagohod ya estaba listo para la Fase Dos: la producción en masa.

Le prometí que lo sacaría de ese infierno de una vez por todas.

Y entonces... cometí un error.

El peor de toda mi vida.


Volgin apareció. No estaba solo.

Caminó hacia mí con esa presencia monstruosa, su cuerpo colosal cargado de electricidad estática que hacía rechinar los tubos fluorescentes del techo. Se paró frente a mí y, en un gesto repulsivo y de confianza íntima, agarró mi entrepierna.

Él y Raikov eran amantes. En un solo segundo, al no sentir lo que esperaba, supo que yo era un impostor.

«Tú no eres Ivan», gruñó.

Fui rodeado al instante. Intenté desenfundar, pero The Boss emergió de las sombras.

Me miró con absoluto desprecio, me despojó de la máscara con violencia y, frente a todos, me sometió con un CQC implacable. Me rompió la guardia, me golpeó hasta dejarme sin aire y me arrojó al suelo como a un perro.

Me capturaron.

Lo que siguió en esa fría celda de interrogatorio... es algo que se grabó en mis huesos y en mis pesadillas para el resto de la eternidad.


Volgin me colgó de las tuberías del techo. Tenía las manos esposadas sobre mi cabeza y los pies colgando en el vacío.

Me golpeó sin piedad. Sus puños eran yunques de acero. Luego, usó su propio cuerpo como generador y me electrocutó con millones de voltios.

El dolor me arqueaba la espalda hasta casi romperme la columna. Sentí cómo mis órganos hervían. El espeso y asqueroso olor de mi propia carne quemada me revolvió el estómago, inundando la pequeña celda.

Quería que confesara. Quería saber si yo era un espía enviado por la CIA para robar el maldito Legado de los Filósofos.

Pero yo no iba a hablar.

The Boss me había entrenado para esto. Me enseñó a sellar mi mente, a convertir el dolor en simple información que mi cerebro podía ignorar.

Escupí sangre en su bota, y mi silencio solo alimentó su furia.


Volgin, frustrado y dudando de la lealtad de su nueva aliada, se giró hacia The Boss. Le ordenó que me sacara los ojos con su cuchillo de combate.

Quería una prueba de sangre. Quería que demostrara que ya no me amaba como a un hijo, que había cortado todos sus lazos con su antigua patria.

The Boss no dudó.

Sacó su hoja y caminó hacia mí. Su mirada era un muro de piedra.

Pero EVA estaba allí. Disfrazada aún como la amante de Sokolov, intervino para detenerla, excusándose en que la sangre arruinaría la tortura.

Ocelot, observando la escena desde una esquina, se dio cuenta del nerviosismo de la mujer. En su sadismo adolescente, dedujo que ella ocultaba algo.

Sacó su revólver, metió una sola bala en el tambor, lo hizo girar y empezó a jugar a la ruleta rusa con EVA para probar si era una espía.

Apretó el gatillo una vez. Clic.

Dos veces. Clic.

Se estaba riendo.

La vi temblar. No iba a permitir que la única persona que podía ayudarme a completar la misión muriera por mi culpa. No iba a dejar que ese mocoso la matara.

Aún colgado, sangrando y con las manos atadas a las tuberías, usé todas las fuerzas que me quedaban en el abdomen y balanceé mis piernas para abalanzarme sobre Ocelot en el último segundo, justo cuando iba a apretar el gatillo de nuevo.

El fogonazo me cegó.

Sentí la pólvora encendida ardiendo y fundiéndose con la piel de mi mejilla. La bala rasgó mi carne, rebotó contra el hueso de mi cráneo y reventó mi ojo derecho por completo.

Caí al suelo en un charco de mi propia sangre, escupiendo y ahogándome en el dolor.

La oscuridad me devoró por la derecha.

Para siempre.

El mundo perdió su profundidad. Me habían mutilado. Me habían quitado la mitad de la vista en un solo instante de fuego y pólvora.

Pero no me quebraron.


The Boss abofeteó a Ocelot por su estupidez. Luego, tomó una pistola y me disparó un tiro limpio en la pierna.

Fue un mensaje. Un castigo para los rusos, pero una salvación encubierta para mí: me dio una excusa para ser llevado a una celda médica y, en secreto, deslizó un revólver vacío en mi equipo para mi huida.

A pesar de estar medio ciego, logré escapar de mi confinamiento.

Usé la sangre falsa y un cigarrillo con gas somnífero que tenía oculto en el estómago para engañar al guardia de mi celda, un pobre diablo llamado Johnny.

Tomé mi radio, fingí mi propia muerte con una píldora médica secreta que ralentizaba mis signos vitales hasta cero, y cuando abrieron la puerta, resucité y me abrí paso a golpes.

Caminé a ciegas por los túneles. Me acorralaron. No tuve más remedio que saltar por el ducto de desagüe gigante hacia el furioso río subterráneo que corría debajo de la fortaleza.

Mientras caía en picada hacia el agua negra, pensé que estaba a salvo.

Pensé que lo peor, el dolor físico, había pasado.

Pero el infierno aún me guardaba una última prueba.

Una que no atacaría mi cuerpo, sino mi mente.


Desperté en el purgatorio.

Literalmente.

Un río interminable de agua gélida y niebla negra perpetua. El cielo no existía, solo un dosel de oscuridad.

Frente a mí, flotando en el aire sin tocar el agua, con el cráneo ensangrentado y una lágrima de sangre cayendo por su mejilla, estaba el último de los Cobras: The Sorrow. El Lamento.

Él era un médium. Un hombre que ya estaba muerto, asesinado años atrás en un acto de sacrificio por la propia The Boss, la mujer a la que amaba.

No me atacó con balas. No usó fuego ni veneno.

Hizo algo mucho peor.

Me obligó a caminar por aquel río espectral, vadeando contra la corriente a través de los espíritus sangrantes de cada soldado, de cada vida humana que yo había segado con mis propias manos hasta ese momento de la misión.

Vi a los guardias de la selva caminando hacia mí como zombis, con los cuellos rotos en ángulos imposibles porque yo se los había partido en silencio.

Escuché los alaridos de los hombres que quemé vivos en los túneles, con su piel derretida colgando de los huesos. Vi a los que degollé, a los que acribillé.

Todos me miraban con cuencas vacías.

Sentí sus manos heladas y fantasmales agarrando mis tobillos, hundiéndome en el agua, exigiendo piedad, preguntándome por qué les había arrebatado el futuro.

The Sorrow quería que yo sintiera el verdadero peso de ser un asesino.

Quería mostrarme que no hay gloria en la guerra...

solo un río infinito de sangre que nunca se seca.


Estuve a punto de enloquecer. Mi mente, ya fracturada por la tortura, empezó a colapsar bajo el peso de la culpa.

Llegué hasta el final del río y toqué el cadáver de The Sorrow.

En ese instante, morí.

Mi corazón se detuvo. Pero mi instinto de supervivencia fue más fuerte que los fantasmas.

Mientras mi visión se fundía en negro en ese mundo espiritual, usé mi lengua para romper la píldora de reanimación real que escondía en mi muela.

La química quemó mi sangre y mi corazón dio un vuelco violento.

Desperté en el mundo de los vivos, jadeando como un animal ahogado, escupiendo agua en la orilla del río de Tselinoyarsk, bajo la lluvia fría de Rusia.

Estaba vivo.

Estaba mutilado.

Y estaba listo para quemarlo todo.

```
Capítulo 5C3, RAYOS Y FUEGO

El cuerpo humano es una máquina estúpida.

Te dice que te detengas, te ruega que te acuestes a morir cuando los músculos se desgarran y la sangre se escapa.

Ciego de un ojo, con la mitad del rostro quemado por la pólvora, exhausto y al límite absoluto de mis fuerzas, volví a arrastrarme hacia las entrañas de Groznyj Grad.


Me reuní con EVA detrás de una cascada. Me entregó explosivos plásticos C3, lo suficientemente potentes como para volar un acorazado, y me dio la llave para entrar al hangar principal.

No había vuelta atrás.

Me infiltré en la inmensa instalación subterránea. El olor a combustible líquido para cohetes y metal frío me inundaba las fosas nasales.

Me moví como un fantasma entre los guardias y planté las cargas de C3 en los cuatro tanques de combustible del inmenso hangar del Shagohod.

Activé el temporizador.

La misión estaba a punto de terminar.

Pero en el infierno, las cosas nunca salen como las planeas.


De repente, la oscuridad desapareció. Me cegaron las luces.

Me habían tendido una trampa.

Volgin y Ocelot me estaban esperando en la pasarela superior. Pero no estaban solos.

A sus pies, arrodillada, golpeada y casi inconsciente, estaba EVA.

La habían descubierto.

Y The Boss estaba allí.

Bajó las escaleras caminando lentamente hacia mí. No intenté disparar; no habría servido de nada.

Con un solo movimiento fluido, una técnica de CQC tan perfecta que apenas la vi venir, me desarmó por completo y me obligó a arrodillarme.

Tomó el microfilm del Legado de los Filósofos que EVA llevaba escondido y se alejó con ella a rastras, dejándome a solas con el monstruo.


Fue entonces, rodeado de misiles nucleares, cuando Volgin comenzó a reír y me confesó el verdadero motivo de esta pesadilla: el Legado de los Filósofos.

Una fortuna incomprensible de cien mil millones de dólares, reunida durante la Segunda Guerra Mundial por los hombres más poderosos de Estados Unidos, la Unión Soviética y China.

El padre de Volgin había lavado ese dinero y lo había escondido en bancos de todo el mundo.

Ese bastardo eléctrico heredó esa fortuna infinita y la estaba usando para financiar a su ejército, construir el Shagohod y empujar al mundo hacia el abismo de la Tercera Guerra Mundial.


Volgin bajó a la plataforma principal. Quería matarme con sus propias manos.

Ocelot, en un extraño acto de honor retorcido, me devolvió mis armas.

Peleé contra él a puño limpio.

Su cuerpo colosal irradiaba descargas eléctricas letales; diez millones de voltios recorriendo sus venas. El aire olía a ozono y a pólvora.

Esquivé sus rayos rodando por el suelo de acero, bloqueé sus brutales ganchos y le respondí con todo lo que The Boss me había enseñado.

Le disparé a quemarropa, le destrocé las costillas a golpes, usé sus propias descargas para hacer estallar las tuberías de agua y cortocircuitarlo.

Lo vencí.

Cayó de rodillas, tosiendo sangre y chispas.

Y entonces...

el reloj llegó a cero.


Los explosivos C3 detonaron a mi espalda con una fuerza titánica.

El hangar entero fue envuelto en una tormenta de fuego y acero retorcido. El suelo colapsó.

Escapé a duras penas, corriendo a través de los escombros ardientes hasta la salida.

Afuera, en la oscuridad de la noche, EVA me esperaba en su motocicleta con sidecar. Salté dentro.

Creíamos que lo habíamos logrado.

Creíamos que el monstruo nuclear había sido enterrado bajo toneladas de fuego.

Estábamos equivocados.


El Shagohod emergió de las ruinas.

Intacto.

Imparable.

Y en la cabina, el maldito Volgin, consumido por la locura y el odio.

EVA aceleró al máximo. El motor de la motocicleta rugió, escupiendo humo.

Nos persiguió por las pistas de aterrizaje de Groznyj Grad en una carrera suicida.

Fue una pesadilla de velocidad y destrucción.

El tanque gigante arrasaba con todo a su paso, lanzándonos lluvias de misiles y ráfagas de ametralladora pesada.

EVA esquivaba los cráteres y el fuego cruzado mientras yo, aferrado al sidecar, disparaba mis RPGs directamente a las orugas de tracción del tanque para intentar frenarlo.

Logramos volar el puente con C4 justo cuando él pasaba, pero el Shagohod usó sus propulsores de cohete para saltar el vacío.

Volgin no iba a detenerse hasta vernos muertos.


Finalmente, le destrozamos las orugas. El tanque se detuvo.

Pero Volgin, en un acto de pura desesperación y locura, salió de la cabina y acopló su propio cuerpo destrozado a los cables de alimentación del chasis del Shagohod averiado.

Estaba usando su propia electricidad para mover aquella masa de miles de toneladas de metal.

Lo acorralamos en la pista.

Agoté toda la munición que me quedaba en mi rifle y en mi lanzacohetes contra su cuerpo blindado.

Sangraba, sus músculos humeaban, pero seguía riendo, canalizando electricidad al cielo, creyéndose un dios intocable.

Y entonces...

la naturaleza dictó su sentencia.


El cielo se había vuelto negro. Una tormenta feroz se había desatado sobre nosotros.

Los rayos, atraídos por la inmensa carga electromagnética que Volgin estaba expulsando al aire, cayeron directamente sobre él.

La ira del cielo lo frió vivo frente a mis ojos. Lo redujo a cenizas ardientes sobre la chatarra humeante de su propio sueño.

El Shagohod estaba muerto.

Volgin estaba muerto.


Escapamos hacia un inmenso lago fronterizo.

EVA encendió los motores del ekranoplano de escape, una nave WIG lista para llevarnos lejos de ese infierno de una vez por todas.

Estábamos libres. Los cazas rusos pronto llegarían para bombardear y borrar toda la evidencia, pero teníamos tiempo para huir.

Pero yo no me subí a la nave.

Me quedé de pie en la orilla. Sentía un hueco en el estómago que ninguna victoria podía llenar.

Sabía que faltaba algo.

Alguien.

El verdadero objetivo de esta misión suicida aún no se había cumplido.


Cargué mi arma.

Dejé a EVA en el avión y caminé cojeando a través del bosque, hacia la zona de extracción final.

A lo lejos, los árboles se abrían, revelando un inmaculado y gigantesco campo de lirios blancos que se mecían suavemente con el viento helado.

Un lugar hermoso, puro, completamente fuera de lugar en medio de tanta muerte.

Y allí estaba ella.

```
Capítulo 6LÁGRIMAS ROJAS EN UN MAR BLANCO

EVA me esperaba en el ekranoplano, con los motores encendidos en el lago.

Estábamos a un paso de la libertad.

Pero mis pies se detuvieron.

Sabía que faltaba algo.

Alguien.

Caminé arrastrando mi cuerpo mutilado hacia un inmenso y hermoso campo de lirios blancos.

Y allí estaba ella.


Vestida con un traje de combate blanco nieve, inmaculada entre las flores.

Esperándome.

The Boss.

Me acerqué a ella. La miré a los ojos y, con la voz rota, le pregunté por qué.

Por qué había traicionado a su patria, a sus ideales, a mí.

Quería odiarla. Necesitaba odiarla para poder apretar el gatillo.

Pero ella me miró con esa tristeza infinita, antigua, como si cargara todo el peso de la humanidad sobre sus hombros.


No me habló de traición.

Me habló de un mundo sin fronteras.

Me explicó que los aliados de hoy son los enemigos de mañana, que nosotros, los soldados, somos solo peones sacrificados por los caprichos temporales de políticos cobardes.

Me contó un secreto que Estados Unidos había ocultado al mundo: ella había viajado al espacio en una misión no oficial.

Y desde allí arriba, observando la Tierra, no vio un bloque oriental y un bloque occidental.

No vio fronteras dibujadas en el suelo.

Vio un solo mundo.

Un mundo que merecía estar unido.


Luego, se bajó la cremallera superior de su traje y expuso su vientre.

Vi una cicatriz inmensa, grotesca y retorcida en forma de serpiente cruzando su abdomen.

Me contó su origen: el precio de haber dado a luz en medio del campo de batalla durante el desembarco de Normandía, en plena Segunda Guerra Mundial.

Le hicieron una cesárea bajo el fuego enemigo y, nada más nacer, los Filósofos le arrebataron a su bebé de los brazos.

Ese bebé, ese niño robado que creció en las trincheras...

era Ocelot.

Ella había dado su sangre, su honor y hasta su propia carne por el mundo.

Ya no le quedaba nada.


«Solo hay sitio para un Jefe... y para una Serpiente», me dijo, con una calma que me heló la sangre.

Sacó su arma personal, una ametralladora modificada a la que llamaba «El Patriota».

A lo lejos, escuché el rugido de los motores. Los cazas MiG rusos estaban en camino.

Teníamos exactamente diez minutos antes de que bombardearan toda la zona con napalm para borrar cualquier evidencia del Shagohod, de Volgin y de nosotros.

El viento sopló fuerte, levantando una tormenta de pétalos blancos a nuestro alrededor.

Y la danza final comenzó.


Fueron los diez minutos más agonizantes de mi puta existencia.

Fue una danza macabra.

Usamos cada técnica, cada agarre, cada contragolpe de CQC que ella me había enseñado durante años en aquel encierro.

Leíamos los movimientos del otro antes de ejecutarlos.

Era como pelear contra mi propio reflejo.

No había odio en sus golpes. No había maldad.

Solo el peso innegable y trágico del deber de un soldado.

Pero yo era más joven.

Y el dolor por mi ojo perdido, la rabia ardiente por su supuesta traición y el instinto puro de supervivencia me dieron una fuerza desesperada.

En el último suspiro de la pelea, cuando los pulmones nos quemaban y los músculos no daban más, logré romper su guardia.

Le torcí el brazo, la desarmé y la derribé pesadamente entre las flores blancas.


Quedó tendida en la tierra que tanto amaba.

Agonizante.

Tosiendo sangre.

Y aun así, me sonrió.

Me extendió la mano temblorosa y me entregó el microfilm con el Legado de los Filósofos.

Luego, me entregó su propia arma.

«El Patriota».

Me miró a los ojos.

Había orgullo en su mirada. El orgullo de una madre viendo a su hijo graduarse.

Pero también había una súplica.

Me pidió, como su último deseo en esta tierra, que yo terminara con su vida.

Que yo la liberara de su carga.


Me arrodillé junto a ella.

Tomé el arma.

Apunté directamente a su pecho.

Mis manos, las mismas manos que no habían temblado al matar a cientos de hombres, temblaban violentamente.

Era la mujer que amaba.

Mi mentora.

La soldado perfecta.

Cerré mi ojo sano porque no podía soportar verla morir.

Y apreté el gatillo.


El estruendo rompió mi mente en pedazos.

Abrí el ojo.

El inmenso campo de lirios blancos e inmaculados...

se tiñó de un rojo carmesí brillante.

Una ola de sangre que se extendió por las flores.

El viento arrastró los pétalos rojos hacia el cielo, como lágrimas de sangre lloviendo sobre nosotros.


Su caballo blanco se acercó caminando despacio, olfateando el cuerpo inerte de su dueña.

Y entonces vi algo que me heló el alma.

La cicatriz en forma de serpiente que cruzaba su vientre pareció cobrar vida.

Como si su espíritu finalmente fuera libre, la serpiente se deslizó fuera de su cuerpo, serpenteando por la tierra hasta desaparecer entre las flores ensangrentadas.


Me quedé allí, de rodillas, completamente solo bajo el cielo gris.

En ese preciso instante, mientras veía su pecho dejar de moverse...

el hombre llamado Jack murió para siempre.

```
EpílogoEL NACIMIENTO DEL MONSTRUO Y OUTER HEAVEN

Logramos despegar del lago bajo el fuego cruzado.

Dejamos atrás la jungla, a los rusos y el cuerpo sin vida de la única persona que alguna vez me importó.

Escapamos hacia una casa segura en Alaska.

Esa noche, EVA y yo la pasamos juntos. Brindamos. Celebramos que estábamos vivos.

Busqué en ella un refugio para olvidar el estruendo de mi propia arma al matar a The Boss.

Pero la paz es una ilusión efímera para los perros de guerra.


A la mañana siguiente, me desperté y el frío me caló hasta los huesos.

La cama estaba vacía.

EVA ya no estaba.

Me levanté de golpe. Busqué en mi equipo.

Se había llevado el microfilm con el Legado de los Filósofos.

En la mesa de noche, junto a una botella vacía, solo dejó una nota y una cinta de audio grabada con su voz.

Puse la cinta.

Y en los siguientes diez minutos, mientras escuchaba la voz de la mujer con la que acababa de dormir...

el resto de mi cordura y de mi fe en la humanidad se hicieron pedazos.


EVA me confesó que todo era una farsa.

Ella no se llamaba EVA. No era una espía de la KGB enviada por Jrushchov.

Era una espía enviada por la República Popular China.

Su única misión desde el principio fue usarme, acercarse a Volgin y robar el maldito Legado para su país.

Me dijo que su orden original era asesinarme al terminar, pero que no pudo hacerlo.

No porque me amara...

sino porque le había hecho una promesa a The Boss de dejarme vivir.


Pero eso no fue lo que me destruyó.

El dinero, el engaño de los espías... a eso estaba acostumbrado.

Lo que me mató por dentro...

Lo que convirtió mi sangre en veneno...

fue la verdad sobre mi mentora.


EVA me reveló la última confidencia de The Boss.

Ella jamás, ni por un maldito segundo, traicionó a los Estados Unidos.

Nunca desertó.

Todo su acto en el puente colgante, su unión con el sádico de Volgin, todo fue una operación encubierta de la CIA.

Le ordenaron fingir su traición para infiltrarse en las filas rusas y robar el Legado de los Filósofos para Washington.

Ese era el plan original.

Un trabajo limpio.

Hasta que Volgin, en su locura, disparó aquella ojiva nuclear americana sobre las instalaciones soviéticas.


Los burócratas trajeados de Washington se aterrorizaron.

Para evitar la Tercera Guerra Mundial y limpiar sus propias manos de sangre, decidieron que alguien debía pagar el precio de su error de cálculo.

Le ordenaron a The Boss que mantuviera su tapadera.

Le ordenaron que se dejara cazar y muriera a manos de su discípulo más amado.

Le exigieron que aceptara pasar a la historia mundial como un monstruo absoluto, como una terrorista y una criminal de guerra traidora.

Todo...

única y exclusivamente para encubrir los errores de los mismos políticos cobardes que estaban sentados cómodamente en sus despachos limpios.


Y ella lo hizo.

Aceptó el deshonor, la infamia y la muerte por pura y ciega lealtad a una patria que no dudó en sacrificarla como un peón inútil en su tablero de ajedrez.

Y yo... yo fui el idiota útil.

El perro ciego que apretó el gatillo.


Días después de escuchar aquella cinta, me obligaron a ponerme mi uniforme de gala.

Me llevaron frente al mismísimo presidente de los Estados Unidos en la Casa Blanca.

Estaba rodeado de cámaras, de ministros, de generales y sonrisas falsas.

El presidente se acercó. Me dio un discurso sobre el valor y el patriotismo.

Me colgó la Cruz de Servicio Distinguido en el pecho. Me estrechó la mano con firmeza y me otorgó un nuevo nombre en código.

El título militar supremo:

Big Boss.

El guerrero legendario que había superado a The Boss.


Yo estaba allí, de pie frente a ellos, con el parche cubriendo mi ojo destrozado.

Pero no sentía nada.

Estaba muerto por dentro.

Miraba a aquellos hombres de traje.

Miraba al director de la CIA, que me sonreía desde una esquina de la sala.

Y solo sentía un asco profundo, un odio venenoso que me quemaba la garganta.

Me estaban felicitando efusivamente por haber asesinado a la patriota más grande de la historia.

Me estaban condecorando por haber sido su perro de presa.

Su verdugo engañado.

Me negué a estrechar la mano del director.

Me di media vuelta y salí de aquella farsa.


Fui directo al Cementerio Nacional de Arlington.

Caminé bajo un cielo gris plomo, rodeado de miles de cruces blancas perfectamente alineadas.

Caminé hasta encontrarme frente a una sencilla tumba apartada.

Sin nombre.

Sin epitafio.

Solo una fecha.

La tumba clandestina de una verdadera heroína, a la que el mundo entero escupiría para siempre.


Me arrodillé en la hierba fría.

Dejé su arma, «El Patriota», apoyada sobre la lápida de mármol.

Al lado, coloqué un ramo de lirios blancos, idénticos a los del campo donde la asesiné.

Me puse de pie.

Junté los talones y levanté mi mano derecha temblorosa en un saludo militar solemne.

Apreté los dientes hasta que me dolieron las mandíbulas, pero no pude contenerlo.

Las lágrimas rodaron por mi mejilla, quemando la cuenca vacía de mi ojo derecho y resbalando por mi rostro cansado.

Lloré por ella.

Lloré por mí.

Lloré por mi inocencia perdida.

Y lloré por cada maldito soldado en la historia del mundo que había sido utilizado, enviado a morir y desechado como basura por los intereses de su nación.


Aquel día, llorando frente a aquella lápida fría en Arlington...

la lealtad de Jack a los Estados Unidos murió y fue enterrada junto a su maestra.


Entendí que los gobiernos no tienen honor.

Entendí que nosotros, los soldados, las herramientas que sangran en el barro, somos solo recursos prescindibles.

Armas de carne y hueso que los políticos tiran a la basura cuando ya no les servimos para ganar su maldito poder y su dinero.

Juré por el fantasma de The Boss que jamás volvería a dejar que un hombre de traje dictara por qué, o por quién, debía dar mi sangre.


Me prometí a mí mismo que, si el mundo necesitaba soldados para pelear sus estúpidas guerras, entonces los soldados tendríamos nuestro propio lugar en el mundo.

Construiría un refugio absoluto para los guerreros sin patria.

Una nación armada e independiente.

Un ejército sin fronteras, lejos de las garras, las mentiras y la hipocresía de los gobiernos.

Un infierno para los políticos.

Pero un paraíso para nosotros.


Aquel día en el cementerio...

enterré a Jack.

Y de las cenizas de la Misión Virtuosa, con el corazón mutilado y el alma ennegrecida por la traición...

me levanté para construir mi utopía.

Mi Outer Heaven.

```

Red Dead Redemption II

El legado del ocaso

PrólogoEL LEGADO DEL OCASO

Maldita sea...

Tratas de encender un mísero cigarro para engañar al frío y tus propios pulmones te traicionan, ahogándote en sangre y recordándote que el tiempo se acaba.

Mírate las manos, Arthur...

Míralas bien.

Están manchadas de barro, de pólvora y de tanta sangre arrebatada que ni toda el agua de esta nueva civilización podría lavarlas.

Somos fantasmas.

Reliquias de un mundo que ya no tiene lugar para nosotros.

Hombres atrapados entre la crueldad implacable de la naturaleza y la brutalidad de la industria que avanza para devorarnos.


«Nos llamaban hombres libres... pero solo éramos perros con una correa más larga».

Eso es lo que fuimos.

Confiamos ciegamente en Dutch van der Linde.

Él nos recogió cuando éramos niños de la calle, huérfanos perdidos; nos enseñó a leer, a disparar y a pensar por nosotros mismos.

Nos prometió una «utopía salvaje», un paraíso lejos de las cadenas del gobierno y de la intolerancia de este mundo de hombres de traje.

Nos hizo creer que éramos justicieros, luchando contra un sistema corrupto de poder.

Pero la verdad...

la verdad es que comprábamos sus discursos porque necesitábamos desesperadamente pertenecer a una familia.

Y mientras él se dejaba consumir lentamente por su propio ego, su paranoia y la violencia desmedida, esa misma familia comenzó a desmoronarse pedazo a pedazo frente a mis ojos.


El mundo ahí afuera se está domesticando a la fuerza.

El asfalto y las vías de hierro ahogan la tierra, y los interminables cables del telégrafo cortan el cielo, asesinando lentamente el espíritu salvaje de la frontera.

Magnates petroleros como Leviticus Cornwall construyen sus imperios manchados de aceite sobre nuestras tumbas.

Como escribí una vez:

«Más y más civilización... qué maldito desastre estamos haciendo de las cosas».

Ese tan aclamado «progreso» nos lo venden a todos como la gran salvación, la promesa del mañana.

Pero para los hombres de mi especie...

el progreso se siente exactamente como una soga al cuello que se aprieta un poco más con cada amanecer.


Esta es la crónica de un hombre que murió mucho antes de que lo enterraran.

Y todo nuestro sueño se fue directo al infierno allá en Blackwater.

Un maldito asalto al ferry que salió mal.

Un desastre de fuego, pánico y sangre.

Nos obligó a huir en mitad de la noche, dejando atrás todo nuestro dinero.

Los agentes de Pinkerton nos cayeron encima como buitres sedientos.

Nos arrebataron la vida de buenos amigos...

Los hermanos Mac y Davey.

La joven Jenny.

Demasiada sangre derramada en las calles de aquella ciudad.


Ahora nos arrastramos a través de estas montañas heladas.

Buscamos refugio como animales heridos en un pueblo minero abandonado llamado Colter.

Estamos atrapados en medio de una tormenta de nieve que nos congela hasta el alma, con la soga de la ley rozándonos la nuca.

Y aquí, enterrado bajo el hielo, puedo sentirlo.

El principio del fin ha comenzado.

Ya no hay vuelta atrás.


Soy Arthur Morgan...

y esta es la crónica del fin de nuestros días.

Capítulo 1CENIZAS EN LA NIEVE

El frío no es solo una temperatura en las montañas de Ambarino.

Es una bestia viva que te muerde los huesos y te mastica la voluntad hasta dejarte vacío.

Si cierras los ojos, la blancura te ciega.

Si los abres, la nieve te corta las córneas como cristal molido.

Atrás quedó el calor húmedo y asfixiante, la civilización de trajes planchados y calles empedradas.

Atrás quedó Blackwater.

Y ojalá solo hubiéramos dejado el calor allí.

Pero dejamos mucho más.

Dejamos nuestro dinero.

Dejamos nuestra suerte.

Y dejamos la vida de nuestros hermanos.


Todo se fue al infierno en aquel maldito asalto al ferry.

Una trampa, un desastre, una carnicería que ni siquiera en mis peores pesadillas pude haber imaginado.

Aún puedo oler la pólvora mezclada con el pánico.

Aún puedo ver a Dutch, el hombre que me enseñó a leer y a disparar, apretando el gatillo contra una joven madre inocente llamada Heidi McCourt.

Un disparo que destrozó algo más que un cráneo.

Destrozó la ilusión de que éramos forajidos nobles, una especie de justicieros luchando contra un sistema corrupto.

Y ahora, el precio de aquella arrogancia lo estamos pagando aquí, arrastrándonos como perros apaleados por las montañas de los Grizzlies.


Huele a muerte.

Literalmente.

En la carreta que va justo detrás de mí yace Davey Callander.

El hedor de la sangre seca, de la carne pudriéndose lentamente bajo las mantas sucias y el sudor frío de la fiebre es algo que se te queda impregnado en el fondo de la garganta.

Su hermano Mac se perdió en la balacera de Blackwater, probablemente masacrado por los agentes de Pinkerton.

La joven Jenny Kirk también está muerta.

Ni siquiera tuvo la oportunidad de despedirse.

El hambre nos aprieta el estómago con unas garras invisibles, retorciéndonos las tripas hasta que el dolor te hace desear estar en el lugar de Davey.


Al fin, a través de la ceguera blanca de la tormenta, las sombras de la madera podrida se alzan como lápidas.

Colter.

Un pueblo minero abandonado hace años, devorado por el hielo y el olvido.

Un cementerio perfecto para fantasmas como nosotros.


Davey no sobrevivió al viaje.

Exhaló su último aliento justo cuando las ruedas de la carreta se detuvieron.

Cavar una tumba en aquella tierra congelada te arranca las uñas y te rompe la espalda, pero se lo debíamos.

Mientras echábamos la nieve y la tierra sobre su cuerpo, Dutch se colocó frente a todos nosotros.

«Nos pueden golpear tan fuerte como quieran, pero siempre nos levantaremos», nos dijo, con esa voz profunda y teatral que siempre sabe cómo calar en el alma.

«Solo necesitamos tiempo. Solo necesitamos fe».

Fe.

Qué palabra tan peligrosa cuando sale de los labios de un hombre acorralado.


Miro a Dutch van der Linde y ya no sé a quién tengo enfrente.

¿Es el mismo salvador carismático que me recogió de las calles cuando yo apenas era un niño de catorce años, huérfano y perdido?

¿Es el mismo líder que juró que robaríamos a los ricos para dárselo a los pobres, creando una «utopía salvaje» lejos del yugo del gobierno?

O...

¿Es solo un hombre desesperado, cegado por su propio ego y paranoia, gritándole a un viento que no lo escucha?

A veces, cuando se queda mirando al fuego con la mirada perdida, veo a un general sin ejército.

A un rey sin corona.

A un hombre dispuesto a sacrificar cualquier peón con tal de mantener viva la mentira de su propio mito.

Pero mi lealtad es un grillete que llevo atado al cuello desde hace más de veinte años.

Soy su ejecutor.

Su músculo.

Y si él dice que marchemos hacia el abismo, yo iré el primero para despejarle el camino.


Pero la tormenta no nos da tregua.

Ni tampoco las ausencias.

Faltaba John.

John Marston.

Se había adelantado para explorar el terreno y la montaña se lo tragó.

Abigail, su mujer, la madre del pequeño Jack, me suplicó con los ojos llenos de lágrimas que lo buscara.

Y allí fui, maldita sea, montando hacia lo desconocido junto a Javier Escuella.


Mi relación con John...

es complicada.

Es una herida que no termina de cerrar.

Dutch lo acogió cuando John tenía apenas doce años y lo iban a ahorcar por robar.

Crecimos juntos.

Fuimos como hermanos.

Pero hace un tiempo, John hizo lo impensable.

Se largó.

Huyó de la banda, abandonó a su mujer y a su propio hijo durante un año entero.

En nuestro mundo, la lealtad es la única moneda que tiene valor.

Y él la tiró al barro.

Sin embargo, Dutch lo perdonó tan pronto como regresó, como si fuera el hijo pródigo.

A mí me tomó años ganarme mi lugar, a base de sangre y obediencia ciega.

Y a él...

a él se lo perdonan todo.


Aun así, no iba a dejarlo morir.

Esta banda, por más rota y fracturada que esté, es lo único que tenemos.

Es la única familia que conozco.

Lo encontramos en lo alto de la montaña, acorralado en un saliente rocoso, casi congelado y rodeado de lobos.

Los animales ya lo habían destrozado.

Cuando apartamos los cadáveres de las bestias y lo subí a mi caballo, vi su rostro.

La nieve estaba teñida de escarlata.

Tres cicatrices profundas le cruzaban la mejilla.

Una marca que llevaría el resto de su vida.

Un recordatorio físico de que el mundo ahí fuera es una bestia hambrienta que no perdona errores.

Lo trajimos de vuelta al refugio de Colter.

John sobrevivió.

Y aunque el rencor sigue latiendo en mi pecho, al verlo allí, tiritando y cubierto de sangre, supe que seguíamos siendo hermanos de armas.


Sobrevivir al frío y a los lobos era solo el principio.

Los estómagos vacíos no se alimentan de discursos, y los Pinkerton no iban a dejar de buscarnos solo porque estuviéramos enterrados en la nieve.

Necesitábamos dinero.

Capital para financiar nuestra huida.

Durante una escaramuza con la banda rival de los O'Driscoll —unos desgraciados a los que Dutch y yo odiamos desde hace años— encontramos algo más que armas.

Encontramos inteligencia.

Documentos que detallaban los planes para asaltar un tren fuertemente custodiado que cruzaba las montañas.

Pero no era un tren cualquiera.

Era propiedad de Leviticus Cornwall.

Un magnate petrolero.

Un titán del progreso industrial.

Un hombre que compra políticos y ejércitos privados con el dinero que le sobra en los bolsillos.


Hosea, el hombre más sabio entre nosotros y cofundador de esta banda, intentó detener a Dutch.

Le advirtió que robar a Cornwall no era dar un golpe.

Era firmar nuestra sentencia de muerte.

Era despertar a un león dormido.

Pero Dutch ya no escucha a Hosea.

Dutch solo escucha el eco de su propia grandeza.

«Es la única salida», nos dijo.

Y, como siempre, los tontos empuñamos las armas y cabalgamos tras él.


La emboscada estaba planeada al detalle.

Bill Williamson, un veterano del ejército con más fuerza que cerebro, había colocado los explosivos en las vías.

La idea era simple:

Volar las vías.

Detener el tren.

Saquear los bonos y desaparecer como fantasmas en la tormenta.


El monstruo de hierro se acercaba.

Su faro perforaba la ventisca como el ojo de un cíclope.

Dutch dio la orden.

Bill apretó el detonador...

Nada.

La maldita dinamita no explotó.

El tren pasó de largo, arrastrando consigo nuestra única oportunidad de supervivencia.


En aquel segundo, el pánico y la adrenalina se inyectaron directamente en mis venas.

No había tiempo para pensar.

La supervivencia tiene un instinto propio.

Sin esperar órdenes, Lenny, Javier y yo espoleamos los caballos, galopando a toda velocidad en paralelo a la bestia de acero.

Nos lanzamos desde nuestras monturas, estrellándonos contra los techos helados de los vagones en movimiento.

Javier resbaló y casi cayó al precipicio.

Lo perdimos de vista.

Quedamos solos el joven Lenny y yo.

Nos abrimos paso a tiros por los vagones de carga, combatiendo contra guardias armados hasta los dientes y saltando entre los espacios abiertos mientras el tren bordeaba desfiladeros que prometían una muerte segura.

El olor a ozono, a humo de carbón y a pólvora caliente nos llenaba los pulmones.

Era el viejo oeste latiendo por última vez.

La sangre hirviendo frente a la máquina implacable del progreso.


Logramos detener el tren.

Aseguramos el furgón privado de Cornwall y volamos las puertas blindadas para sacar los malditos bonos al portador.

Había miles de dólares allí.

Una fortuna.

Pero mientras me quedaba de pie entre los escombros de hierro retorcido y los cadáveres de los guardias esparcidos por la nieve, miré el nombre de «Leviticus Cornwall» pintado en oro sobre el vagón.

Una duda fría, mucho más helada que el viento de Ambarino, me atravesó el pecho.

Ganamos el botín.

Tenemos el dinero para huir del frío.

Pero... ¿estamos robando para sobrevivir o simplemente acabamos de cavar nuestra propia tumba más rápido y mucho más profundo?


Pronto bajaremos de esta maldita montaña.

El hielo se está derritiendo y las carretas podrán moverse hacia el sur, hacia las tierras bajas, buscando el calor y un lugar donde escondernos.

Nos dicen que la era de los forajidos ha terminado.

Que el mundo se está civilizando.

Nos empujan hacia el mar, construyendo ciudades de ladrillo y humo por cada kilómetro de tierra virgen que alguna vez cabalgamos libres.

El mundo ya no nos quiere.

Y tal vez tengan razón.

Somos reliquias.

Hombres que resuelven los problemas con plomo en un mundo que ahora prefiere los bancos, los contratos y los agentes de la ley.


Pero mientras respiremos, mientras tengamos un caballo bajo nosotros y un revólver en el cinturón, no nos rendiremos.

Seguiremos cabalgando, aunque seamos solo cenizas intentando no ser arrastradas por el viento.


Mañana el sol calentará la tierra en el valle.

Pero el rastro de sangre que dejamos en la nieve no se borrará tan fácilmente.

El camino hacia la redención es mucho más largo de lo que Dutch nos quiere hacer creer...

y sospecho que la verdadera tormenta está aún por llegar.

```
Capítulo 2EL ESPEJISMO DE LAS LLANURAS

El sol...

Llegas a olvidar cómo se siente cuando pasas semanas con la muerte soplándote hielo en la nuca.

Al bajar de las montañas de Ambarino, la nieve comenzó a derretirse bajo los cascos de nuestros caballos, convirtiéndose primero en aguanieve, luego en lodo, y finalmente, en la tierra firme y verde de New Hanover.

El calor te golpea la espalda como la mano de un viejo amigo.

Se te mete por los poros, descongela la sangre que parecía haberse estancado en las venas y te hace creer, aunque sea por un segundo estúpido e ingenuo, que tal vez...

tal vez todo vaya a salir bien.


Pero mientras la caravana descendía hacia el valle, dejando atrás las cumbres heladas de los Grizzlies, no podía quitarme de la cabeza lo que dejábamos enterrado allá arriba.

Dejamos a Davey Callander bajo una capa de hielo y roca.

Dejamos a la joven Jenny Kirk, con toda su vida por delante, sepultada en la misma tierra implacable.

Murieron por nosotros, por esta banda, por las heridas de la masacre de Blackwater.

Y nosotros, los que aún respiramos, bajamos de la montaña envueltos en el olor a pino y hierba fresca, sintiendo el sol en la cara.

Hay una culpa extraña en sobrevivir.

Una culpa que te pesa en las alforjas más que cualquier botín.


Cruzamos las colinas y nos adentramos en The Heartlands, una llanura inmensa que parece extenderse hasta el fin del mundo.

Hosea nos guió hasta un claro oculto al borde de un acantilado, un lugar que él mismo recomendó.

Lo llamaban Horseshoe Overlook.

Y debo admitirlo, el viejo tenía razón.

Desde el borde del precipicio tienes una vista completa del río serpenteando allá abajo y de los valles que se pierden en el horizonte.

Dutch evaluó el terreno con esa mirada suya, calculando, siempre calculando.

Eligió este lugar porque es una fortaleza natural; estamos ocultos por la densidad de los árboles, pero tenemos la altura suficiente para ver venir a cualquiera a kilómetros de distancia.

Al llegar, la orden fue clara.

"Hagan de este lugar nuestro hogar", nos dijo Dutch con esa voz que te obliga a creerle.

Y por primera vez en mucho tiempo, vi cómo la tensión abandonaba los hombros de nuestra gente.


El campamento cobró vida.

La señorita Grimshaw, con su carácter implacable, empezó a organizar las tiendas y a dar órdenes.

Pearson, nuestro cocinero de la Marina, montó su carpa y empezó a preparar un estofado que olía a gloria, aunque estuviera hecho con los restos de carne dura que logramos cazar en la nieve.

Incluso el viejo Uncle encontró rápidamente un árbol perfecto bajo el cual echarse a dormir, quejándose, como siempre, de su maldita lumbalgia.

El olor a café recién hecho se mezcló con la resina de los pinos.

Al caer la noche, vi algo que creí que la tormenta nos había robado para siempre:

sonrisas.

Tilly, Mary-Beth y Karen se sentaron junto al fuego a escuchar las historias de Sean.

Javier sacó su guitarra y empezó a tocar una melodía de su tierra.

La música flotaba en el aire cálido, envolviéndonos como una manta protectora.

Éramos, una vez más, la utopía salvaje que Dutch siempre predicaba.

Una familia de parias y librepensadores resistiendo contra un sistema corrupto.

Pero yo...

yo no podía celebrar con ellos.

No del todo.


Mientras los demás cantaban, me retiré a mi tienda.

Saqué el diario que me regaló Dutch hace años.

A veces, dibujar y escribir es la única forma que tengo de desenredar el nudo que llevo en la cabeza.

Dibujé el acantilado, el río, los rostros cansados pero aliviados de mi familia.

Y luego...

luego miré hacia el horizonte.

Allá a lo lejos, cortando el cielo despejado de New Hanover, se alzaba una gruesa columna de humo gris.

Provenía de Valentine, un pueblo ganadero que nos servía de vecino.

Para muchos, ese humo es el motor de un país que crece.

Pero para mí, ese humo es el aviso de que el mundo ya no tiene rincones donde esconderse.

Es la "civilización".

Esa maldita palabra.

Dutch dice que estamos luchando por nuestra libertad, que somos los dueños de nuestro destino.

Pero cada vez que veo las vías del tren cortar la tierra como una cicatriz, sé que nos están acorralando.

Hombres como Leviticus Cornwall están comprando este país pedazo a pedazo.

Esa civilización no es un progreso;

es un muro que se cierra sobre nosotros.

Somos ladrones en un mundo que ya no nos quiere más.

Nuestro verdadero enemigo no son otras bandas...

nuestro enemigo es el tiempo.

Y el tiempo se nos acaba.


Pero un forajido no puede vivir solo de reflexiones.

Los estómagos crujen y los bolsillos estaban vacíos.

Había que bajar al pueblo.

Bajar a Valentine fue como sumergirse en un estanque de lodo y estiércol.

Es un pueblo ruidoso y maloliente.

Las calles son un fango espeso que te llega a los tobillos, mezcla de tierra y excremento de oveja.

Los hombres allí son toscos, granjeros que cuentan sus centavos.

Caminar por esas calles te hace sentir extraño.

Ellos creen que este es su mundo, bajo las reglas de sus leyes y sus rutinas.

Y nosotros paseábamos entre ellos fingiendo ser trabajadores itinerantes.

Pero es una fachada ridícula.

Se sentía exactamente como si un grupo de lobos hambrientos hubiera entrado caminando al redil de las ovejas.


La violencia nos sigue como nuestra propia sombra.

Tilly fue reconocida por un matón, y un bocazas reconoció mi cara de cuando estuvimos en Blackwater.

Tuve que perseguirlo hasta un acantilado para asegurarme de que no hablara.

Esa es la mentira de nuestra paz.

Puedes ponerle un sombrero nuevo a un forajido, pero la suciedad de lo que somos no se quita con agua y jabón.

La violencia estaba impregnada en todos nosotros.


Al final del día, volví a cabalgar hacia Horseshoe Overlook.

El sol se estaba ocultando, tiñendo el cielo de New Hanover de un naranja sangriento.

Me senté en el borde del acantilado, dejando que mis piernas colgaran hacia el abismo.

El río Dakota brillaba allá abajo, reflejando la luna.

Era hermoso.

Un pedazo de la vieja y salvaje América, intacta y silenciosa.

Pero mientras miraba la inmensidad de la noche, me preguntaba:

¿Es esta paz real?

¿O es solo el silencio que precede al disparo?.

En Blackwater dejamos un río de sangre.

Y aunque huimos, aquellos perros de la ley que nos rastrearon por las montañas no van a detenerse.

Cornwall no va a perdonar el asalto a su tren.

Nos estamos escondiendo aquí creyendo que hemos encontrado un refugio, pero la verdad es que el destino nos está buscando en la oscuridad.

Esta esperanza melancólica no es una victoria.

Es solo una pausa.

Un respiro robado.

Y sé, con la misma certeza con la que sé que el sol saldrá mañana, que más temprano que tarde, el mundo vendrá a cobrarse su deuda.


Soy Arthur Morgan.

Y esta es la crónica de nuestros días de falso paraíso en Horseshoe Overlook.

```
Capítulo 3ENTRE DOS FUEGOS

El calor de Lemoyne no te abraza; te estrangula.

Es un aire espeso, pesado, que se te mete en los pulmones como si estuvieras respirando agua sucia.

Sudas incluso cuando estás quieto, un sudor pegajoso que atrae a las moscas, a los mosquitos y a la miseria.

Atrás quedó la nieve que nos congelaba la sangre en Ambarino.

Atrás quedó el viento fresco y la falsa promesa de paz de Horseshoe Overlook.

Y todo porque el pasado tiene la maldita costumbre de alcanzarte, sin importar cuánto galopes.

Pensamos que Valentine sería un refugio, un lugar donde seríamos invisibles.

Pero la invisibilidad es un lujo que los hombres como nosotros ya no pueden pagar.

Leviticus Cornwall nos encontró en aquel maldito pueblo.

El magnate al que le robamos el tren en las montañas no iba a dejar que un puñado de forajidos se riera en su cara.

Llegó con sus matones a sueldo, rodeó la taberna y nos acorraló como a ratas.

Tuvimos que abrirnos paso a tiros, dejando tras de nosotros un rastro de sangre, cristales rotos y cadáveres en las calles de barro.

Huimos hacia el sureste, arrastrando nuestras carretas como un animal herido que busca un agujero donde esconderse.

Así llegamos a Clemens Point, un claro escondido en la orilla del Flat Iron Lake.

El agua brilla bajo el sol castigador del sur, pero no te dejes engañar.

Si miras de cerca, el lago está plagado de caimanes.

Y de alguna forma, se siente como una metáfora perfecta de lo que somos ahora.

Estamos acampados en la orilla de un paraíso podrido, rodeados de monstruos que esperan pacientemente bajo la superficie para arrastrarnos al fondo.


Cerca de nuestro campamento está Rhodes.

Un pueblo polvoriento, estancado en el tiempo y teñido de un rojo enfermizo.

El polvo rojo de este maldito lugar se te mete por todas partes: en las botas, en los engranajes del revólver, en los poros de la piel y hasta en el fondo de la garganta.

Es como si la tierra misma estuviera oxidada, sangrando lentamente.

Rhodes es el campo de batalla de dos familias ricas y decadentes: los Gray y los Braithwaite.

Dos clanes de aristócratas sureños, dueños de plantaciones, que llevan odiándose desde hace tantas generaciones que ya ni siquiera recuerdan por qué empezó la disputa.

Se acusan mutuamente de haber robado el oro de sus familias durante la Guerra Civil.

Viven atrapados en un rencor antiguo, pudriéndose en sus grandes mansiones blancas mientras el mundo a su alrededor cambia sin que se den cuenta.

Y ahí es donde entra la estúpida brillantez de Dutch van der Linde.

"Es el escenario perfecto, Arthur", me dijo con esa sonrisa arrogante, con los ojos brillando de codicia.

Su gran plan maestro era jugar a dos bandos: hacernos amigos de ambas familias, hacerles favores, susurrarles mentiras al oído y hacer que se mataran entre ellos para nosotros quedarnos con el oro.

Hosea se dio cuenta de la locura desde el primer minuto.

Hosea Matthews es un estafador brillante, pero también es un hombre que sabe leer el peligro.

Trató de advertir a Dutch, trató de tirar de las riendas y mantener nuestros pies en el suelo, advirtiendo que jugar con fuego en un lugar que no conocemos solo terminaría quemándonos a todos.

Pero Dutch...

Dutch está perdiendo el contacto con la realidad.

Ya no escucha a la razón.

Solo escucha el eco de su propia grandeza.

Se cree un maestro titiritero moviendo los hilos de unos palurdos del sur.

Pero mientras cabalgo por las calles de este pueblo, no puedo evitar sentir un profundo asco.

Miro a los Gray con sus placas de sheriff y a los Braithwaite con sus campos de algodón, matándose por viejos orgullos, y me doy cuenta de lo ciegos que están.

Se odian tanto que no ven que el mundo moderno se los va a comer vivos a los dos.

A unos pocos kilómetros de aquí, la industria de Saint Denis está escupiendo humo negro al cielo, tendiendo vías de acero y preparando el terreno para devorar todo este maldito estado.

El futuro los va a aplastar como a insectos, y nosotros, creyéndonos más listos que nadie, nos estamos metiendo justo en medio de las mandíbulas de la bestia.

El juego de Dutch nos llevó a ensuciarnos las manos en nombre de las dos familias.

Hicimos el trabajo sucio.

Y una noche, en nombre de los Braithwaite, Sean MacGuire y yo fuimos enviados a Caliga Hall para quemar los campos de tabaco de la familia Gray.

El aire ya era asfixiante, pero aquella noche se convirtió en un verdadero infierno.

Nos arrastramos entre las altas plantas de tabaco, empapando la tierra seca con licor de contrabando.

El olor era nauseabundo: una mezcla dulzona y podrida de alcohol barato, sudor frío y savia vegetal.

Cuando lanzamos la primera antorcha, la tierra pareció estallar.

El fuego corrió como un demonio sediento a través de las plantaciones.

Las llamas se alzaron metros por encima de nuestras cabezas, tiñendo el cielo nocturno de un naranja furioso, casi sangriento.

El calor era tan intenso que sentía cómo se me ampollaba la piel del rostro y me derretía la voluntad.

Corrimos entre el laberinto en llamas, disparando a los guardias desesperados que aparecían entre el humo tosiendo y gritando.

Mientras vaciaba mi revólver contra siluetas envueltas en humo, me detuve un segundo a mirar a mi alrededor.

El olor a tabaco quemado, a pólvora caliente y a carne chamuscada me llenaba los pulmones, asfixiantemente.

Las llamas se reflejaban en el metal de mi arma.

Y en ese momento, rodeado de destrucción y cenizas, me vi a mí mismo por lo que realmente soy.

Dutch nos convenció de que éramos forajidos nobles, una resistencia romántica contra la tiranía.

Pero allí, envuelto en fuego, matando hombres por unas monedas de oro que ni siquiera existían, no me sentí como un salvador.

Me sentí exactamente como un demonio caminando por el infierno.

Éramos la plaga.

Éramos el desastre.

Las semanas pasaron entre mentiras y cabalgatas bajo el sol, creyéndonos los dueños de un tablero que no entendíamos.

Tanto creíamos tener el control, tanta era la arrogancia de Dutch, que nos volvimos descuidados.

Imbéciles y descuidados.

Bajamos la guardia.

Era un día cualquiera.

Micah, Bill, el joven Sean y yo caminábamos por la calle principal de Rhodes.

Íbamos a reunirnos con los Gray para lo que se suponía que era un "trabajo de protección".

El sol caía a plomo.

El sudor me bajaba por la espalda, pegando la camisa a la piel.

Todo estaba tranquilo.

Demasiado tranquilo.

No había carros en la calle.

Solo nosotros cuatro, caminando como dueños del mundo, riéndonos de las bromas estúpidas y el acento irlandés de Sean.

Sean... era solo un niño.

Un fanfarrón molesto, imprudente, pero con un corazón gigante y una lealtad ciega.

Hablaba sin parar, bromeando sobre la estúpida disputa del pueblo.

Y entonces...Silencio.

El rostro de Sean desapareció en una explosión de sangre y huesos.

Su cuerpo se desplomó como un saco de plomo frente a mí.

No hubo grito.

No hubo tiempo para entenderlo.

Los Gray no eran tan estúpidos como Dutch pensaba.

Sabían que los estábamos jugando.

Sabían que habíamos quemado sus campos.

Y nos tendieron una maldita emboscada en el corazón de su propio pueblo.

¡Emboscada!

El pánico me atravesó las venas como hielo, congelando el sofocante calor del pantano.

Nos lanzamos detrás de unas cajas, respondiendo al fuego a ciegas.

Bill fue tomado como rehén por el propio sheriff Gray, pero logramos abrirnos paso a sangre y fuego, ejecutando a cada maldito miembro de esa familia que se cruzó en nuestro camino hasta que la calle principal de Rhodes quedó tapizada de cadáveres.

Cuando el humo se disipó y el último eco de los disparos murió, me quedé mirando el cuerpo de Sean tirado en el polvo rojo, teñido de su propia sangre.

En ese maldito segundo, la ilusión se rompió para siempre.

Ese fue el momento en que comprendimos que ya no éramos intocables.

La arrogancia de Dutch había cobrado su primera vida real desde Blackwater.

El mito de nuestra invencibilidad murió allí, acribillado en un pueblo de mala muerte.

Y la soga... la soga se había apretado un poco más.


Volvimos al campamento con las manos manchadas y el corazón roto.

Pero la tragedia no nos dio tiempo ni para llorar a nuestros muertos.

Al llegar a Clemens Point, el campamento era un caos.

Abigail gritaba, desesperada, sostenida por Hosea.

Los Braithwaite no se habían quedado de brazos cruzados.

Mientras los Gray nos emboscaban en el pueblo, los Braithwaite atacaron nuestro campamento y se llevaron a Jack.

Al pequeño Jack.

Un niño inocente.

Nuestro niño.

El golpe fue definitivo.

Directo al corazón de la familia.

La ira que vi en los ojos de Dutch y de John Marston fue la de lobos acorralados.

Nos armamos hasta los dientes.

No hubo plan, no hubo discursos poéticos.

Solo plomo y muerte.

Cabalgamos todos juntos hacia la mansión Braithwaite en la oscuridad de la noche.

Éramos una fuerza de la naturaleza.

Éramos la muerte a caballo.

Nos bajamos frente a la mansión, avanzamos en línea recta, hombro con hombro.

John, Dutch, Hosea, Charles, Javier, Bill, Lenny y yo.

La matriarca, Catherine Braithwaite, se atrevió a atrincherarse dentro con sus hijos armados.

"¡Sal de aquí, vieja bruja!", gritó Dutch.

Y entonces, desatamos el infierno.

Acribillamos la mansión.

Entramos pateando puertas, masacrando a cada uno de sus hijos, a cada guardia, bañando sus alfombras caras con la sangre de su linaje.

Cuando por fin arrastramos a Catherine Braithwaite por las escaleras hacia afuera, llorando por sus hijos muertos, le prendimos fuego a su majestuosa mansión.

Observamos cómo las llamas devoraban más de cien años de historia maldita, iluminando la noche de Lemoyne.

Entre las cenizas y el humo, la anciana, derrotada, nos escupió la verdad.

Jack no estaba allí.

Lo habían vendido a un jefe criminal en Saint Denis llamado Angelo Bronte.

Un nombre que no sonaba a forajido, sino a algo nuevo, algo que se movía en las sombras de la ciudad.

Dejamos a Catherine llorando en el barro y cabalgamos de vuelta mientras su legado se colapsaba sobre sí misma en una lluvia de brasas ardientes.

Recuperamos el cuerpo de Sean.

Encontramos a los culpables.

Quemamos el mundo hasta los cimientos para demostrar nuestra fuerza.

Pero mientras miro el humo alzándose en el horizonte y siento el aire espeso del pantano aplastándome el pecho, sé que nada de esto es una victoria.

Hemos abandonado nuestras reglas.

Hemos cambiado la supervivencia por la venganza ciega.

Hosea lo sabe.

Ve a Dutch transformándose en algo que juramos destruir, reaccionando por rabia, perdiendo el control del timón.

Y yo... yo estoy tan cansado.

Físicamente quebrado por este calor miserable, y mentalmente asfixiado por las mentiras que nos contamos a nosotros mismos.

Ahora tenemos que ir a Saint Denis.

A la ciudad.

El corazón mismo del mundo moderno que tanto odiamos, para enfrentarnos a la mafia y recuperar a nuestro niño.

El cerco se cierra.

Entre el fuego de nuestra propia arrogancia y el fuego de un mundo que avanza para aplastarnos... estamos atrapados.

Mañana cabalgaremos hacia las luces de la ciudad, pero me temo que en Saint Denis el aire no será más limpio, y las sombras serán mucho más largas que las de estos robles centenarios.

Capítulo 4LA JAULA DE HIERRO

Pensé que conocía los infiernos de este país.

Pensé que el frío de Ambarino o el calor de los pantanos de Lemoyne eran lo peor que la naturaleza podía arrojarnos.

Pero me equivocaba.

El verdadero infierno no lo hizo Dios; lo construyó el hombre con ladrillo, acero y humo negro.


Saint Denis.

Una metrópolis construida sobre el sudor y la codicia.

Al cruzar sus puertas, sientes que las paredes se cierran sobre ti, aplastándote contra adoquines cubiertos de barro y hollín.

El aire aquí no se respira; se mastica.

Huele a carbón quemado y a desagües podridos.

Al caer la noche, no hay cielo.

Las luces eléctricas parpadean como estrellas falsas, frías y zumbantes, iluminando un progreso que me enferma.

En las llanuras, yo era un cazador.

Pero aquí... en este laberinto de hierro, no soy más que un lobo sarnoso atrapado en una jaula de la que no hay escapatoria.


Y el amo de esta jaula no usa sombrero ni espuelas.

Usa trajes de seda y bebe vino francés.

Angelo Bronte.

Tuvimos que ir a su mansión para recuperar al pequeño Jack.

Bronte no es un forajido como nosotros; es un monstruo de una especie diferente.

Es elegante, culto... y podrido hasta la médula.

Nos devolvió al niño sin resistirse.

Nos sonrió y nos trató como invitados de honor.

Pero en sus ojos vi el futuro de la criminalidad.

Hombres como Dutch y yo resolvemos nuestros problemas al sol del medio día.

Hombres como Bronte los resuelven comprando al alcalde y sobornando a la policía desde un escritorio de caoba.

La mafia es el futuro; el crimen organizado y empaquetado con un lazo de seda.

Nosotros somos solo bestias salvajes, anacronismos sucios que no encajan en su mundo.

Al aceptar su "hospitalidad", ya habíamos entrado a jugar en su tablero.


Bronte nos alimentó con mentiras, y Dutch, cegado por su propia arrogancia, se tragó el cebo entero.

Nos dio información sobre una estación de tranvías supuestamente repleta de dinero.

Fuimos como idiotas, pero la caja fuerte estaba vacía.

Era una trampa.

Apenas logramos salir con vida, estrellando un tranvía en nuestra huida mientras un ejército de policías nos acribillaba.

Nos escapamos por un pelo, pero el orgullo de Dutch quedó destrozado en el asfalto.

Se dio cuenta de que no era el maestro titiritero que creía ser; Bronte lo había jugado como a un novato.

Y esta ciudad no perdona los errores de los tontos.


La humillación pudrió la mente de Dutch.

La venganza se convirtió en su única doctrina, ignorando las advertencias de Hosea.

Atacamos la mansión de Bronte, lo secuestramos y lo arrastramos a las aguas oscuras del pantano.

Bronte se rio de él, lo llamó fracasado.

Y entonces...

Dutch simplemente se quebró.

Lo ahogó allí mismo en el agua turbia y se lo dio de comer a los caimanes.

Me quedé helado.

John y yo lo vimos todo.

Dutch siempre nos enseñó que no éramos salvajes...

pero el hombre que arrojó ese cadáver a las bestias ya no era mi maestro.

Era un extraño.

Un hombre cuya cordura se estaba deshilachando bajo el peso de su propio fracaso.


Acorralado, Dutch decidió dar un último golpe masivo y huir del país.

Robar el banco de Saint Denis.

Era una locura nacida del pánico puro.

Estábamos dentro, guardando el dinero, y de repente...

silencio.

Miré por la ventana.

Las calles estaban bloqueadas por cientos de agentes.

En medio de la calle, con esa sonrisa sádica, estaba Milton.

Y de rodillas frente a él, inmovilizado, estaba Hosea Matthews.

¡Hosea!...

Dios mío, Hosea.

Milton apretó el gatillo y le voló el pecho.

Hosea era nuestra conciencia; el ancla que nos ataba a la tierra cuando los sueños de Dutch amenazaban con hacernos volar demasiado cerca del sol.

Cuando su cuerpo golpeó los adoquines, algo dentro de mí murió con él.

El último pedazo de honor de la banda de Van der Linde se desangró en esa calle.


El infierno se desató.

John fue arrestado.

Tuvimos que volar una pared y escapar por los tejados con las balas silbándonos en los oídos.

Lenny iba delante de mí.

El joven Lenny Summers.

Era solo un chico educado y valiente que aún tenía toda una vida por delante.

Dobló una esquina para despejar el camino...

y allí estaban.

Le dispararon a quemarropa.

Me lancé sobre él, disparando como un loco, pero ya era tarde.

La muerte en los ojos de Lenny es una imagen que se grabó a fuego en mi mente.

Si Hosea era nuestro pasado...

Lenny era nuestro futuro.

Todo se había ido.

Nos arrebataron el principio y el fin de nuestra familia en cuestión de minutos.

Y tuvimos que dejar sus cuerpos allí, abandonados como basura en los tejados de esa maldita ciudad.


Llorar no es un lujo que los hombres muertos puedan permitirse.

Nos arrastramos por las sombras bajo la lluvia y logramos escabullirnos a bordo de un barco, esperando perdernos en el océano.

Nos sentamos en la cubierta, empapados, tiritando en la oscuridad de la noche atlántica.

Miré a Dutch, acurrucado en las sombras.

Ya no había luz en sus ojos.

Sin Hosea para susurrarle sentido común, vi cómo su mente cedía a la locura pura.


Ya no hay plan.

Ya no hay paraíso.

La banda de Van der Linde murió en las calles de Saint Denis.

Los que subimos a este barco ya no somos una familia; somos náufragos.

Sombras vacías huyendo hacia lo desconocido, intentando escapar de una jaula de hierro que, en el fondo sabemos, ya se cerró sobre nosotros

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Capítulo 6REDENCIÓN

El mundo... el mundo entero comienza a girar cuando te das cuenta de que no eres invencible. Yo, Arthur Morgan, el gran ejecutor de la banda de Van der Linde, el hombre que sobrevivió a ventiscas, a cazarrecompensas, a masacres y al mismísimo infierno... tumbado en el fango de Saint Denis, incapaz de dar un solo paso sin sentir que el pecho se me partía en dos.


Un samaritano me arrastró hasta la clínica de un médico local. Y allí, en esa habitación fría y aséptica, el doctor pronunció la palabra. Tuberculosis. Una infección bacteriana que te pudre los pulmones desde adentro. En estos tiempos, en esta maldita época que nos tocó vivir, no existe cura alguna para eso. Es una sentencia de muerte, simple y llana.

No fue una bala de los Pinkerton. No fue la soga del verdugo. Fue un hombre muerto quien me mató. Thomas Downes. Un pobre granjero enfermo al que le di una paliza por unos miserables dólares que le debía a la banda. Recuerdo sus ojos aterrorizados, recuerdo sus súplicas... y recuerdo su sangre, infectada y maldita, salpicándome el rostro cuando me tosió encima. Qué ironía tan poética. Toda una vida repartiendo muerte y dolor con mi revólver, creyéndome el dueño de mi destino, para terminar siendo devorado lentamente por un acto de pura y absurda crueldad.

La enfermedad no es solo un diagnóstico; es un fantasma silencioso que se instaló en mi pecho. Siento cómo me quita el aire, robándome pedazos de vida con cada exhalación. Incluso bajo el sol abrasador del mediodía, siento un frío sepulcral clavado en los huesos. Cada paso hacia adelante se ha convertido en una guerra, una batalla perdida contra mi propio cuerpo. Pero mientras caminaba de regreso por las calles de Saint Denis, con la mirada perdida y el bullicio de la gente desapareciendo a mi alrededor, vi algo. Un ciervo. Bañado en luz, mirándome en silencio. Y por primera vez en mi perra vida, lo vi todo con una claridad absoluta.


Nos escondimos como ratas heridas en Beaver Hollow. Un sistema de cuevas oscuras y putrefactas en Roanoke Ridge que tuvimos que arrebatarle a unos asesinos salvajes. Ya no éramos un campamento. Ya no éramos una familia. Al caminar por esos túneles helados, solo podía oler la paranoia, el miedo y la locura estancada en el aire. La banda se había convertido en una sombra miserable de lo que fue.

Hosea está muerto, asesinado frente a nosotros en las calles de Saint Denis. El joven Lenny, nuestro futuro, también está muerto, acribillado en los tejados. Sin ellos, sin esa brújula moral, la oscuridad se apoderó de nosotros. Y esa oscuridad tiene nombre y apellido: Micah Bell. Dutch... el hombre que me crio, el hombre que me enseñó a leer y que me prometió una utopía libre de la tiranía... se había transformado en un monstruo. Se pasaba las horas encerrado en su tienda, escuchando únicamente el veneno que Micah le susurraba al oído. "Todos dudan de ti, Dutch. Todos son traidores", le decía esa sucia rata. Dutch alimentaba su ego y su paranoia con esas mentiras. Abandonó todos y cada uno de nuestros ideales. Pasó de ser un salvador de los desamparados a un asesino a sangre fría, estrangulando a ancianas inocentes y asesinando a magnates por puro despecho.

¿A quién le debemos lealtad? Esa es la pregunta que me atormenta en estas noches de insomnio. Dutch siempre usó esa palabra como un látigo. Exigía fe ciega, nos exigía lealtad absoluta hacia él. Cuando eres joven y no tienes a dónde ir, sigues al hombre que te da de comer. Te crees sus mentiras porque necesitas creer en algo. Yo fui su ejecutor, su músculo. Acepté cargar con los pecados para que sus manos parecieran limpias. Pero la lealtad hacia un hombre que ha perdido el juicio es solo suicidio. Me di cuenta de que él no nos amaba; solo amaba la reverencia que le teníamos. Éramos sus piezas de ajedrez, y estaba dispuesto a sacrificarnos a todos con tal de proteger a su propio rey. No... mi lealtad ya no es para Dutch van der Linde. Si me queda algo de alma, se la debo a los que aún pueden salvarse. Se la debo a la idea de lo que alguna vez intentamos ser. Ya no le tengo miedo a Dutch. Lo miro a los ojos y solo veo a un anciano asustado, escondido detrás de una fachada de arrogancia. A lo único que le tengo un miedo atroz, un terror que me hiela la sangre más que la muerte misma, es a morir sin haber hecho una sola cosa buena en toda mi maldita vida.


Empecé a intentar limpiar mi desastre, aunque sabía que las manchas de sangre no salen con arrepentimiento. Fui a buscar a la viuda de Downes y a su hijo. Habían caído en la miseria absoluta, obligados a vender su dignidad para sobrevivir. Me odiaban, y tenían toda la maldita razón para hacerlo. Pero los obligué a aceptar mi dinero, mi protección. Los vi subirse a un tren para empezar de nuevo. Y cuando volví al campamento, arrastré a Leopold Strauss, nuestro prestamista, y lo eché a patadas de allí. Le tiré su asqueroso dinero en la cara. Me repugnaba ver cómo se aprovechaba de la desesperación ajena. Pero mi mayor carga, mi última misión real en este mundo, era John Marston.

A veces miro a John y veo al niño que Dutch y yo criamos. Hubo un tiempo en que lo odié. Lo odié con toda mi alma porque él tuvo lo que yo perdí, y tuvo el descaro de abandonarlo. Hace años, yo tuve a una chica, Eliza, y a nuestro pequeño hijo, Isaac. Los escondí para protegerlos de esta vida, pero unos bastardos los asesinaron por diez miserables dólares. Mi familia me fue arrebatada por intentar ser un forajido y un padre al mismo tiempo. John tiene a Abigail. Tiene a Jack. Tiene una familia real, viva, respirando frente a nosotros. Y yo no iba a permitir que la locura de Dutch y las maquinaciones de Micah los enviaran a una tumba prematura. Tomé a John a un lado, lejos de los oídos de la banda. Le miré a los ojos, con mis pulmones ardiendo y exigiéndome aire, y le dije: "Escúchame bien. Cuando esta farsa termine, tomas a tu mujer, tomas a tu hijo y te largas. No mires atrás".

Este era mi paso definitivo. Renunciar a ser el gran forajido de la frontera para intentar ser, al menos por una vez, un salvador. Si mi vida de violencia podía comprarles a ellos una vida de paz... entonces cada disparo, cada herida, cada gota de sangre tosiendo en el polvo, habría valido la pena.


¡El último tren! Dutch nos juró que sería el último gran golpe, un asalto a la nómina del mismísimo ejército de los Estados Unidos. Fue una masacre. El aire olía a carbón, sangre y pólvora caliente. Saltamos a los vagones en movimiento, abriéndonos paso entre decenas de soldados armados hasta los dientes. Durante el caos, John recibió un disparo. Cayó del techo del vagón. Dutch y Micah fueron tras él, jurando que lo traerían de vuelta. Terminamos el maldito trabajo, aseguramos el dinero, y cuando saltamos del tren antes de que se estrellara en el abismo, Dutch apareció... solo. "John está muerto", dijo. No parpadeó. No hubo dolor en su voz. Solo la fría y calculadora mentira de un cobarde. Lo dejó morir. Dejó a mi hermano a su suerte para salvar su propio pellejo y su preciado botín.

Mi fe no solo se rompió; se hizo cenizas. Y el abismo nos devolvió la mirada cuando regresamos al campamento. Tilly se acercó aterrorizada: los Pinkerton se habían llevado a Abigail. Dutch, con las alforjas llenas del dinero por el que habíamos matado, se negó a ir a rescatarla. Dijo que era "una causa perdida". No hubo más palabras. Con Sadie Adler cabalgando a mi lado, nos fuimos a Van Horn, directos a las fauces del enemigo. Nos abrimos paso a sangre y fuego. Mis pulmones me exigían que me rindiera, pero no iba a detenerme. Encontramos a Abigail, pero el maldito Agente Milton me emboscó. Milton me escupió la verdad en la cara. No fue Molly quien nos delató. Fue Micah. Micah Bell era la maldita rata. Había estado vendiéndonos desde que regresamos del Caribe. Antes de que Milton pudiera apretar el gatillo, Abigail logró liberarse y le metió una bala en el cráneo.


Despedí a Sadie y a Abigail. Me quedé solo en el bosque, bajo la lluvia, sabiendo que este era mi último viaje. Apenas podía sostener las riendas de mi caballo, pero cabalgué de vuelta a Beaver Hollow. Llegué y caminé hacia ellos. Señalé a la serpiente. "Micah es la rata", grité con todo el aire que mis pulmones destrozados me permitían. Él se rio, negándolo. Las armas se desenfundaron. Susan Grimshaw me creyó, le apuntó a Micah... pero un ruido nos distrajo. Y en un segundo de vacilación, ese cobarde de Micah le disparó a Susan a quemarropa. La familia había muerto definitivamente. Dutch, completamente ciego, nos apuntó con sus revólveres. "¿Quién está conmigo y quién me traiciona?", gritó. Y entonces... de entre las sombras, apareció John. Vivo. Acusando a Dutch de haberlo abandonado.

¡Los Pinkerton! Invadieron el campamento con un ejército. El caos estalló. John y yo corrimos hacia las cuevas, buscando una salida hacia la superficie, huyendo del fuego cruzado y de los demonios de nuestro pasado.

Logramos salir de la cueva, pero mataron a nuestros caballos. Mi fiel compañero, el animal que me cargó a través del infierno, se desplomó. Me quedé a su lado un segundo, en medio de las balas silbando, acaricié su cabeza y le susurré un simple "gracias". Se lo debía. Corrimos por la ladera. Mis piernas no respondían y la sangre me ahogaba la garganta. Miré a John. Él tenía que vivir. "Vete", le dije, empujándolo hacia arriba. "No tenemos tiempo. Solo uno de nosotros va a salir de aquí". Le puse mi sombrero en la cabeza. "Eres mi hermano", me dijo. Lo vi perderse en la oscuridad. Y en ese instante, el miedo desapareció. Ya no sentía el frío. Sabía que había ganado. Lo había salvado. Me di la vuelta y enfrenté al ejército que nos perseguía. Disparé hasta que el cañón quemaba mis manos. Pero no fueron ellos quienes me alcanzaron.


Micah. Me emboscó por la espalda como el perro cobarde que es. Nos trenzamos a golpes en el borde de la montaña. Cada impacto que le daba a ese malnacido llevaba el peso de Lenny, de Hosea, de Sean y de Susan. Pero la tuberculosis me había dejado vacío. Caí al suelo, escupiendo sangre, mis pulmones emitiendo un gorgoteo agónico. Me arrastré, desesperado, buscando mi revólver en el fango para volarle la cabeza. Pero una bota pisó el arma.

Alcé la vista. Era Dutch. Nos miraba desde arriba, como una sombra rota. "Dutch..." le supliqué. "Te di todo lo que tenía... lo intenté... al final, lo intenté". Y le dije la verdad más grande: "John lo logró... es el único que lo logró". Dutch me miró. Y en sus ojos vi el vacío de un hombre que sabe que ha destruido todo lo que alguna vez amó. No dijo ni una sola palabra. Dio la vuelta, dándonos la espalda a ambos, y se marchó en silencio hacia la oscuridad. Micah huyó como una rata asustada. Me dejaron allí. Solo. En la cima del mundo.


Con las pocas fuerzas que me restaban, me arrastré por la roca fría. Giré mi cuerpo roto para mirar hacia el este. Hacia la inmensidad del valle. La oscuridad se rompió. El sol comenzó a despuntar sobre las montañas, pintando el cielo de oro, naranja y fuego. Una luz cálida acarició mi rostro herido. Ya no sentía dolor. El frío de la enfermedad se había evaporado. Y en ese sol brillante, vi la visión. El ciervo. Libre, orgulloso. El viejo oeste se ha muerto con nosotros. Fuimos ladrones en un mundo que ya no nos quería. Pero en este último suspiro, frente a este amanecer, sé que compré el alma de John Marston. Le di la oportunidad de ser un hombre de bien. La luz es tan brillante... tan cálida. No hay más miedo. No hay más tos. Solo... paz.

EpílogoEL LEGADO DE UN HOMBRE BUENO

NARRADOR: JOHN MARSTON

Nunca fui un hombre de letras. Si me pones un revólver en la mano, sé exactamente qué hacer con él. Pero esto... esto es distinto. No tengo sus palabras, pero tengo su diario.

Miro estas páginas llenas de dibujos al carbón y pensamientos que nunca dijo en voz alta, y siento que el fantasma de Arthur Morgan está sentado aquí mismo, frente a mí. Han pasado ocho años desde aquel infierno en 1899. Conservo su viejo sombrero, el mismo que me puso en la cabeza en lo alto de aquella montaña mientras sus pulmones le rogaban por un poco de aire. Arthur me entregó todo lo que le quedaba. Me salvó. Y me tomó mucho tiempo entender que lo que realmente me estaba dando no era solo una vía de escape. Me estaba dando la oportunidad de tener un alma.


El camino hacia la redención no es un sendero de tierra recta. Durante años arrastré a Abigail y a mi hijo Jack por todo el país huyendo de nuestra propia sombra. Trabajé como Jim Milton intentando ser honrado, pero el pasado tiene garras largas.

Entendí que huir ya no era suficiente. Tenía que plantar los pies en la tierra. Fui al banco de Blackwater y pedí un préstamo para comprar una parcela rocosa llamada Beecher's Hope. El esfuerzo físico de construir esta casa me rompió la espalda, pero me sanó la mente. Cada clavo que hundo en esta madera se siente como un agradecimiento a Arthur. Quería construir un refugio donde la barbarie de nuestro pasado no pudiera entrar. Y cuando Abigail volvió y vio la casa en pie... por un segundo, creí que el paraíso que Dutch siempre nos prometió era real.


Pero un hombre no levanta una casa solo. El destino reúne a los náufragos. Charles Smith seguía vivo en Saint Denis, sobreviviendo a base de peleas callejeras. Charles fue quien volvió a las montañas tras la masacre, quien recogió los cuerpos de Arthur y de la señora Grimshaw y les dio sepultura.

Y luego estaba Sadie Adler. Me la encontré convertida en la cazarrecompensas más despiadada de la frontera. Sadie había canalizado todo su dolor en una sed de justicia que pagaba con sangre. Verlos a los dos era mirarme en un espejo roto. Todos habíamos encontrado nuestro propio camino en este nuevo siglo, intentando sobrevivir en un mundo que ya no tiene espacio para nosotros.


Creí que había dejado las armas. Pero la paz es una mentira frágil cuando hay una deuda de sangre. Sadie llegó a Beecher's Hope con los ojos encendidos: había encontrado a Micah Bell. Abigail me suplicó que no fuera, pero ir a por él no era solo venganza; era cerrar una herida infectada que llevaba ocho años pudriéndose. Era hacer justicia por Arthur, por Hosea, por Lenny... por todos los que ese traidor vendió.


Cabalgamos hacia el Monte Hagen. A medida que ascendíamos, la tormenta de nieve se volvía un infierno blanco. Era un eco fantasmal de nuestro inicio en 1899. Todo empezó en la nieve, y el destino decidió que todo terminaría en la nieve.

El ascenso fue una masacre. Charles fue herido y Sadie recibió una puñalada. Me quedé solo contra la montaña y contra el bastardo que destruyó a mi familia. Atravesé las cabañas disparando hasta que me quedé sin aliento. Y allí estaba él: Micah Bell. Gordo, confiado, riéndose con esa risa de hiena. Nos batimos a duelo entre la nieve y la madera astillada. Sadie logró acorralarlo, pero Micah la tomó como rehén. Estábamos en un punto muerto.


Y entonces... la puerta se abrió. De la oscuridad emergió Dutch van der Linde. Llevaba años desaparecido, pero ahí estaba, trabajando con Micah. Éramos tres fantasmas en el techo del mundo. Dutch me miró y vi a un hombre roto, un rey sin corona consumido por la locura. Le supliqué. Le grité que Micah nos había destruido.

Dutch... le disparó a Micah. Directo al pecho. No le di tiempo a respirar; vacié el tambor de mi revólver en su cuerpo y vi cómo se desplomaba en la nieve. Me quedé jadeando, mirando a Dutch. Él no dijo una sola palabra. Se dio la vuelta y se alejó en silencio hacia la tormenta, dejando atrás todo el dinero de Blackwater. Aún me pregunto por qué lo hizo. ¿Fue venganza o un último rastro de humanidad? Nunca lo sabré.


Con el dinero de Blackwater saldé la deuda del banco. Me casé con Abigail en nuestra propia tierra. Charles se fue a Canadá y Sadie hacia el sur. Miro hacia los pastizales desde mi porche y siento que por fin hemos llegado. Arthur Morgan murió hace mucho tiempo, pero me dio la oportunidad de reclamar mi propia alma. El mundo de los forajidos ha muerto, pero John Marston sigue en pie. He ganado mi redención.


O eso es lo que me gusta creer. Porque a veces siento que el aire cambia. No sabemos que, a kilómetros de aquí, los ojos de la civilización ya nos han encontrado. El Agente Edgar Ross ha seguido el rastro de cadáveres directo hasta mi puerta. La tormenta parece haber pasado, sí. Pero nadie... nadie escapa de su propio pasado.


Soy John Marston. Y este... es el legado que me dejaron.

Assassin's Creed IV: Black Flag

Assassin's Creed IV: Black Flag: Resynced

PrólogoEL PRECIO DE UN SUEÑO

Prólogo: El Precio de un Sueño

El fuego crepita. Manso. Aburrido. Es un fuego domesticado, encerrado entre mármoles caros aquí en mi casa de Londres. Fuera, el crudo invierno muerde las adoquinadas calles de la ciudad. La niebla lo ahoga todo. El silencio es sepulcral.

Pero yo no siento este frío helador. Cierro los ojos. El calor asfixiante del Caribe me golpea de frente. Al instante, el fino olor a té y madera encerada desaparece. Huele a salitre. A pólvora quemada. A sangre espesa y derramada sobre cubierta. Aún escucho el crujir quejumbroso del roble de mi amado Jackdaw. Aún siento el balanceo salvaje de las olas bajo mis botas.

Fui el capitán Edward Kenway. Un azote de los mares. El terror de los imperios. Un cazador de pesados galeones. Pero miradme bien. Fijaos en qué me he convertido. Un viejo cansado. Un necio marchito. Los fantasmas de mi pasado gritan en la penumbra de este salón. Me asedian. Me juzgan. Y yo ya no tengo adónde huir.


Nací en la absoluta miseria. Crecí entre el fango y el estiércol de Bristol. No era más que un simple granjero. Un despojo sin un mísero puñado de reales en el bolsillo. Odiaba esa vida con cada fibra de mi ser. Me asqueaba la idea de caerme muerto en el mismo barro hediondo que pisaba cada amanecer. Sentía que no valía nada. Que no era nadie.

Entonces llegó ella. Caroline Scott. Era pura luz. Hermosa. Culta. Su familia tenía estatus. Su padre era un comerciante respetado. Ese viejo engreído nos miraba por encima del hombro. Para él, yo siempre fui escoria. Un zascandil indigno de su hija. Pero a ella no le importó. Renunció a sus comodidades. Se enfrentó a los suyos. Nos casamos. Fui inmensamente feliz. O debí serlo.


Pero el orgullo herido es un veneno lento. Me consumía las entrañas día y noche. Ella me amaba en la pobreza. Aceptaba nuestra cabaña agujereada. Yo no podía soportarlo. Me sentía menos que un hombre. Me ahogaba en ron para no ver la miseria que nos rodeaba. Para apagar las miradas de desprecio de mi suegro. Mi complejo de inferioridad era un monstruo hambriento. Y pedía oro a gritos.


Quería ser un hombre de respeto. Demostrar mi valía al mundo. El mar prometía riquezas rápidas. Oía historias en la taberna. Corsarios vulgares que volvían a Inglaterra forrados de doblones. Le dije a Caroline que me marchaba. Aún veo sus ojos clavados en los míos. Brillaban por las lágrimas contenidas. Se aferró a mis manos. Me suplicó que me quedara a su lado.

«No necesitamos ser ricos, Edward», me dijo con la voz rota. Estaba destrozada.

Yo aparté la mirada. Fui un cobarde. Un egoísta. «No se trata de necesidad», le respondí. «Quiero paredes que resistan el viento. Alimentos que no nos enfermen. Una vida decente».


Le juré que sería rápido. Un año en el mar. Dos a lo sumo. Una promesa vacía. Cegado por el falso brillo del oro, la dejé atrás en aquel muelle empapado por la lluvia. Sola. Llorando. Creí firmemente que lo hacía por ella. Qué ciego estaba. Qué estúpido fui. Lo hacía por mí. Por mi ego. Porque quería llegar a puerto envuelto en gloria y riquezas.


Zarpé hacia el Caribe convencido de que iba a comprar el mundo entero. No sabía que acababa de empezar a cavar mi propia tumba. Ese primer acto de codicia lo pudrió todo. Aquella estúpida ambición egoísta sembró un reguero inagotable de sangre y de mentiras. El mar me lo arrebató todo. A mis mejores hombres. A mis verdaderos amigos. Mi inocencia.

Pero el mayor de los castigos fue perderla a ella. A mi Caroline. Para siempre. Jamás volví a ver su sonrisa.


El mar me dio finalmente el oro que tanto ansiaba. Me dio esta gigantesca mansión de piedra. Me dio una vida decente para los míos. Pero el precio que pagué fue mi propia alma. Hoy me siento a oscuras, frente a estas llamas estériles. Y comprendo la desgarradora verdad. He acumulado la fortuna de mil reyes. Tengo todo lo que un hombre podría desear. Y jamás, en toda mi larga vida, me he sentido tan inmensamente pobre.

Capítulo 1UN TRAJE MANCHADO DE SANGRE

El mar no tiene piedad. Nunca la ha tenido. Es una tumba fría, inmensa y hambrienta. Hoy, sentado frente al hogar de mi casa en Londres, con los huesos doliéndome por el peso de los años, aún puedo sentir aquel frío helado. Aún saboreo la sal.


Aquel día de junio, el cielo era un manto de plomo. Negro como la brea. La tormenta aullaba. Un ruido sordo, ensordecedor. Yo era un joven corsario. Un necio cegado por la promesa del oro, navegando en un cascarón de madera astillada que se deshacía a cada embate de las olas. Estábamos rodeados. Los cañonazos enemigos retumbaban por encima del trueno. El océano se tragaba los gritos de mis compañeros. Olía a salitre. A pólvora mojada. A azufre y a muerte.

Entonces, llegó el infierno.


Un destello ciego. El impacto. La Santa Bárbara saltó por los aires. Una explosión brutal me reventó los oídos. El calor me abrasó la cara. El fuego lamió la cubierta, devorando la madera y la carne por igual. Salí despedido. Un muñeco roto arrojado al vacío.

El choque contra el agua me vació los pulmones. Oscuridad absoluta. El océano me arrastró hacia el fondo. Manos heladas tirando de mis botas. Luché. Braceé como un animal acorralado. El pánico me atenazaba la garganta. Mis músculos se desgarraban. Necesitaba aire. Solo tragué agua. Agua salada, sucia, mezclada con alquitrán y sangre. Un sabor a bilis y a final. La superficie era una plancha de fuego líquido. Arrastrándome entre maderos ardiendo, logré sacar la cabeza. Tosí. Escupí el océano. Braceé contra una corriente que quería tragarme entero. No iba a morir así. No siendo un don nadie. No sin un puñado de reales que justificaran mi miseria.


La arena raspó mis nudillos. El Cabo de Buena Vista. Arrastré mi cuerpo moribundo por la orilla. El peso de la ropa empapada me aplastaba contra el suelo. Jadeaba. Cada respiración era arena y fuego en el pecho. Estaba vivo. Despedazado, roto, pero vivo.

El sol apretaba. Implacable. Un calor sofocante, húmedo, que derretía los sesos y te pegaba la lengua al paladar. Apenas podía mantener los ojos abiertos. El sudor y la sal me escocían. Me puse en pie a duras penas. No estaba solo.


Había otro superviviente. Un hombre. Vestía ropas finas. Una túnica extraña. Una capucha que ocultaba su rostro. Era Duncan Walpole. Un Asesino traidor. Aunque, por aquel entonces, yo no sabía qué diablos significaba esa palabra.

Me habló con desdén. La arrogancia de los que nunca han pasado hambre. Me ofreció dinero a cambio de llevarlo a La Habana. Un error. Yo era un pirata, un bribón sin un lugar donde caerse muerto. Olí la debilidad. Olí el oro. Quise quitárselo. Él desenfundó. Apretó el gatillo. El percutor chasqueó en vano. Pólvora mojada. Echó a correr.

Lo perseguí. La selva era un infierno verde. El aire era denso, pesado, imposible de respirar. Cada zancada era un suplicio. Botas hundidas en el lodo. Hojas afiladas cortando mis mejillas. La maleza me arañaba las manos. Mosquitos y moscas zumbando en mis oídos, bebiendo de mis heridas. Él estaba cojo. Sangraba. Exhausto. Pero yo tenía hambre. Un hambre atroz de salir de mi agujero.


Lo alcancé al borde de un barranco. No hubo heroísmo. Ningún duelo de caballeros sacado de las historias que cuentan en las tabernas. Fue sucio. Despiadado. Barro, jadeos, golpes ciegos. Un forcejeo desesperado entre dos bestias heridas. Esquivé su filo. Agarré mi espada. Hundí el acero en su pecho. Un sonido sordo, asquerosamente húmedo. El acero partiendo el hueso y rasgando la carne. Walpole se atragantó con su propia sangre. Me miró a los ojos, boqueando, y se desplomó. Lo maté por supervivencia y pura codicia.

Su cuerpo yacía inerte en la tierra pútrida. Me dejé caer a su lado, escupiendo fango. Lo registré como el cuervo carroñero que era.


En sus bolsillos había cartas. Papeles manchados y arrugados. Iban dirigidas al gobernador de Cuba. Laureano de Torres y Ayala. Hablaban de una deserción. De mapas valiosos. De un pago generoso. Mi billete de salida.

Encontré un mecanismo atado a su antebrazo. Una hoja oculta. Un diseño perverso y brillante. El mecanismo estaba roto por la pelea, pero el filo seguía intacto, cortante como una navaja de afeitar. Me lo guardé.


Miré sus ropas. Luego miré mis harapos mugrientos. La decisión fue instintiva. Lo desvestí en silencio. Las telas eran gruesas. De buena factura. Me las puse. Me quedaban grandes. Pesaban. Estaban empapadas en su sudor y en la sangre que yo mismo acababa de derramarle. La tela, fría y roja, se me pegó al torso. Una sensación sórdida. Repugnante. Llevaba puesta la piel de un muerto. Un traje manchado de sangre. El olor a hierro y a carne sin vida me subía por la garganta.

Pero no me importó. Me miré las manos manchadas. Solo pensaba en la recompensa. En La Habana. En fingir ser él. El honor y la moralidad eran lujos de ricos. Yo solo quería dejar de ser pobre.


La Habana. Llegué semanas después.

La ciudad colonial era un espejismo de contrastes que te golpeaba los sentidos. Por un lado, la pomposidad imperial española. Enormes iglesias de piedra caliza brillando bajo el sol implacable. Tejas de arcilla. Balcones de madera tallada. Señores con ropajes de terciopelo que se abanicaban en la sombra. Por otro lado, la pura miseria. Calles de barro negro pisoteado. Perros famélicos rebuscando en la basura. El hedor insoportable de los muelles. Una mezcla nauseabunda a pescado podrido, especias rancias, sudor de esclavos, pólvora y orines. El aire olía a un imperio pudriéndose lentamente al sol.


Caminé por los adoquines ardientes. Disimulando. Ocultando mi paso torpe y mis modales de taberna bajo la elegante capucha del hombre muerto. Me infiltré en la inmensa mansión del Gobernador Torres. Mármol frío. Patios interiores con fuentes murmurantes. Cacatúas en jaulas de oro. Un lujo que ofendía a la vista. Un lujo que yo quería para mí.

Me rodearon. Laureano de Torres. Woodes Rogers. Julien du Casse. Hombres crueles, engreídos y forrados de poder. Me llamaron Walpole. Me exigieron respuestas.


La tensión me oprimía el pecho como un corsé de hierro. El corazón me latía en las sienes. Un paso en falso, un acento mal fingido, una palabra fuera de sitio, y me colgarían de las murallas del castillo allí mismo. Mentí. Mentí mirándoles fijamente a los ojos. Frases cortas. Secas. Silencios largos para parecer misterioso. Me pidieron que demostrara mis habilidades con la hoja oculta. Me pusieron a prueba.

No dudé. Lo hice. El instinto tomó el control. Fui letal, rápido, preciso. Un talento natural para arrebatar vidas que ni yo mismo sabía que albergaba.


Quedaron satisfechos. Torres habló. Un discurso grandilocuente y vacío. Me llamó hermano. Me dio un anillo. Se hacían llamar Templarios. Hablaban de enemigos. Los Asesinos. Una guerra oculta en las sombras. A mí todo aquello me sonaba a charlatanería de viejos clérigos y locos. Asentí en silencio, contando mentalmente las monedas que me iban a dar.

Entonces, pronunció las palabras que marcarían mi ruina.


Habló de un hombre. El Sabio. Y de un lugar milenario. El Observatorio.

Un dispositivo oculto, dijo. Una máquina capaz de vigilar a cualquier persona, en cualquier rincón de la faz de la tierra, con solo una gota de su sangre. Hablaban de poder absoluto. De moldear reinos. De desestabilizar coronas, controlar mentes y apaciguar corazones.

Ellos veían orden. Veían un mundo dócil y sometido bajo su bota.

Yo los escuchaba y solo veía otra cosa. Yo no entendía de credos antiguos, ni de guerras secretas, ni del padre del entendimiento. Para mí, ese tal Observatorio era el botín final. El cofre del tesoro definitivo. La llave maestra para comprar el mundo entero y ponerlo a los pies de mi esposa en Inglaterra. La avaricia me devoró por dentro. La codicia borró cualquier rastro de miedo o cordura. Creí, en mi estúpida arrogancia, que ese secreto me haría inmensamente rico.

No sabía que, al aceptar su oro, oculto bajo aquel traje manchado de sangre, acababa de firmar mi propia condena a los infiernos.

Capítulo 2EL VUELO DEL JACKDAW Y LA REPÚBLICA LIBRE

El oro es un amo cruel y embustero. Te ciega con su brillo putrefacto, te promete el mundo entero en la palma de la mano y, justo cuando crees que has alcanzado la gloria, te arrastra a las tinieblas más absolutas. Aquellos necios estirados de La Habana, el gobernador Laureano de Torres y su séquito de Templarios, no tardaron en descubrir mi farsa. Mi avaricia me hizo descuidado. Me descubrieron, me despojaron del fino traje de Asesino que había robado, me arrebataron la mísera recompensa que me habían arrojado como a un perro sarnoso y me enviaron de cabeza al mismísimo infierno.


Desperté en el vientre de la bestia, arrojado a las bodegas de un inmenso navío de la Flota del Tesoro española que ponía rumbo a Sevilla. La claustrofobia en aquel agujero era asfixiante, un peso físico que te aplastaba el pecho y te robaba el aire. Todo era una oscuridad densa y opresiva, rota únicamente por el vaivén enfermizo del barco al chocar contra las olas. Aquella bodega apestosa era un pozo de miseria humana; olía a sudor rancio, a vómito, a madera podrida y a enfermedades que te devoraban los pulmones lentamente. Pero lo que más me enloquecía, lo que me hacía hervir la sangre hasta nublarme la razón, era el roce maldito de los pesados grilletes de hierro mordiéndome los tobillos y las muñecas. El frío del metal era un recordatorio constante de mi fracaso.

Allí estaba yo. El gran Edward Kenway. El hombre que había abandonado a su esposa, que había cruzado un océano entero prometiendo volver bañado en riquezas, convertido de nuevo en un simple don nadie sin un mísero puñado de reales para caerse muerto. La rabia me consumía. Era un lobo acorralado, herido en su orgullo, y me juré a mí mismo, en aquella oscuridad húmeda, que el Imperio español no iba a pisotearme. No iba a morir encadenado en las tripas de un barco extranjero.


Pero no estaba solo en aquel pozo de inmundicia. A mi lado, en la negrura más profunda, escuché el tintineo sordo de unas cadenas aún más pesadas. Había otro prisionero. Un hombre inmenso, una montaña de ébano con una voz profunda que parecía retumbar desde el centro de la tierra. Se llamaba Adéwalé. Un esclavo prófugo, nacido en la lejana Trinidad, que conocía la crueldad y la bajeza de los hombres mucho mejor que yo. Al principio, nos medimos en la oscuridad como dos fieras encerradas en la misma jaula. La desconfianza era nuestro instinto natural. Yo era un joven galés arrogante, un corsario renegado y egoísta; él, un hombre curtido por el dolor que había nacido encadenado y que estaba dispuesto a matar antes que volver a ser la propiedad de otro.

Sin embargo, la necesidad es el mejor pegamento para las alianzas imposibles. Nos unía la misma hambre feroz y primitiva: el hambre de libertad. Forjamos un pacto de acero en el silencio roto de aquella bodega. Con un esfuerzo titánico, desgarrándonos la piel, y con una astucia nacida de la pura desesperación, logramos deshacernos de nuestros grilletes. Adéwalé no era un simple bruto; era un hombre de una inteligencia afilada, implacable, un líder nato. Juntos, nos arrastramos por las sombras del navío, estrangulando a los guardias españoles que bajaban a inspeccionar y robándoles las armas. No hubo honor ni duelos de espadas en aquellas muertes, solo la cruda, sucia y visceral necesidad de sobrevivir. Fui liberando celda por celda, soltando a decenas de prisioneros sedientos de venganza.


Entonces, como si los mismos cielos hubieran escuchado nuestra furia, el océano rugió. Un huracán de proporciones apocalípticas se abalanzó sobre la flota del tesoro. El navío se agitaba violentamente, crujiendo como un moribundo en manos de un gigante invisible. Aprovechamos el caos de la tormenta para asaltar la cubierta. Lideramos un motín sangriento que tiñó las tablas de rojo. La lucha en las entrañas y en la superficie del barco fue una carnicería ciega. Disparos de mosquete, el choque brutal del acero, la sangre resbaladiza bajo nuestras botas descalzas, los gritos agónicos de los soldados españoles que eran ahogados por el bramido del trueno.

La lluvia nos azotaba la cara como metralla, y los relámpagos iluminaban el desastre a nuestro alrededor. En medio de aquel infierno de agua y fuego, vimos nuestra única oportunidad de salvación: un veloz y hermoso bergantín español que se mecía peligrosamente cerca, apenas defendido por la confusión. Su nombre era El Dorado. Adéwalé y yo lideramos la carga, balanceándonos con los cabos bajo la tormenta. Caímos sobre su cubierta como demonios vengativos, masacramos a la resistencia y tomamos el control absoluto.


Por primera vez en mi miserable vida, cerré mis manos sobre la madera mojada del timón de mi propio barco. Sentí el inmenso poder de la nave bajo mis pies, la resistencia salvaje de las olas chocando contra el casco. Mientras los inmensos galeones españoles se hundían en el abismo a nuestro alrededor, devorados por los vientos huracanados y las olas gigantescas, nosotros rompimos el muro de la tormenta y escapamos hacia mar abierto. Acaricié la caña del timón con reverencia. Sabía que ese barco era mi pasaje a la gloria, mi verdadero hogar. Lo bauticé allí mismo, bajo la lluvia torrencial, como el Jackdaw. El grajo. Un pájaro pequeño, humilde, pero inmensamente testarudo. Una criatura astuta a la que le gusta robar cosas brillantes. Igual que a mí.


Navegamos hacia el norte, dejando atrás la muerte y la tempestad, hasta llegar al lugar que se convertiría en nuestro refugio. Nassau. La mismísima utopía de los condenados en las Bahamas. Descender a sus playas era entrar en un mundo completamente distinto. Era un nido caótico e indomable, un laberinto de tiendas de lona raída, madera podrida, arena blanca y un intenso sol que te derretía los sesos. Un lugar donde el olor agrio a sudor y pólvora se mezclaba con el perfume barato de las prostitutas y el aroma dulce, denso y embriagador del ron. Era el paraíso de la escoria, un rincón salvaje de la tierra sin reyes, sin leyes, sin malditos imperios que nos dijeran cuándo debíamos agachar la cabeza o a quién debíamos rendir pleitesía. Un santuario para los hombres rotos.


Allí, entre tabernas mugrientas y hogueras en la playa, me reuní con las leyendas vivas que habían forjado esa frágil república. Hombres que no se arrodillaban ante ninguna corona. Conocí a Benjamin Hornigold, el veterano pragmático, un corsario de la vieja escuela que trataba de imponer un código de honor entre ladrones, convencido de que los piratas podían ser algo más que simples asesinos. También me topé con el misterioso James Kidd, un joven de aspecto andrógino, insolente, escurridizo y letal, que escondía más secretos en su mirada que toda la armada británica junta; mucho tiempo después, el destino me golpearía al descubrir que aquel muchacho era, en realidad, una fiera mujer llamada Mary Read.


Y por supuesto, dominando cada rincón de Nassau con su imponente y aterradora figura, estaba Edward Thatch. El hombre al que el mundo conocería como Barbanegra. Era un gigante teatral, un genio del terror que tejía mechas de cañón encendidas en su espesa barba oscura para parecer el mismísimo diablo surgido de las llamas, pero que, en la intimidad de una jarra de ron, protegía a los suyos con una lealtad feroz.


Bebí con ellos. Reí con ellos hasta que me dolió el pecho. Contemplé a mi tripulación, a hombres que horas antes iban a morir como esclavos, ahora libres, cantando y celebrando bajo la bandera negra que ondeaba desafiante en el mástil del Jackdaw. Y por primera vez en toda mi existencia, rodeado de aquellos ilustres bribones, creí que era posible. Creí que los monarcas de Europa no podrían alcanzarnos jamás en nuestro rincón del paraíso. Creí, en mi bendita y estúpida ignorancia de juventud, que aquella utópica República Libre duraría para siempre. Sentí que yo, aquel pobre granjero de Gales acomplejado por su miseria, iba a ser el único rey de mi propio destino. Qué inmensamente equivocado estaba.

Capítulo 3CENIZAS EN EL PARAÍSO

Hubo un tiempo, no hace tanto si mido los años, pero lejano como otra vida si mido las cicatrices, en que llegué a creer que seríamos eternos. Nassau. Nuestra gloriosa República de los Piratas. Un pedazo de tierra arrancado a los imperios, donde los hombres que no teníamos donde caernos muertos podíamos erguirnos como reyes bajo el sol abrasador de las Bahamas. Nos embriagamos con la dulce mentira de la libertad, brindando con ron barato y riendo a carcajadas bajo la lona negra de nuestras banderas. Pero la libertad, como el buen vino, se agria si no se sabe conservar. Hoy, desde la gélida penumbra de mi estudio en Londres, me doy cuenta de que aquel paraíso nunca fue real. Era un castillo de naipes construido sobre arenas movedizas, y nosotros no éramos más que un puñado de necios arrogantes esperando a que el viento soplara en nuestra contra.


El principio del fin no llegó con el estruendo de los cañones, sino con un silencio enfermizo. La peste comenzó a pudrir la ciudad por dentro. El hedor a carne enferma, a vómito y a sudor rancio se aferró a las calles de tierra. Las chozas de lona y madera podrida se convirtieron en improvisados lechos de muerte. Los hombres tosían sangre en los callejones, y la miseria, aquella misma miseria de la que todos habíamos huido al echarnos a la mar, regresó para reclamarnos. Y entonces, justo cuando estábamos más débiles, más divididos y asustados, el imperio llamó a nuestra puerta.

Una mañana, el horizonte se tiñó de blanco. Decenas de velas inmaculadas cortaron el azul del mar Caribe. Era la Armada Británica, una imponente muralla de madera y plomo liderada por el implacable capitán Woodes Rogers. No venían a arrasarnos en un primer momento; venían a estrangularnos. Bloquearon el puerto de Nassau, cerrando cualquier ruta de escape. Nuestra utopía libre, nuestro Edén sin reyes ni leyes, se convirtió de la noche a la mañana en una jaula de la que no podíamos salir. Rogers desembarcó no con la espada desenvainada, sino empuñando un arma mucho más letal: un pedazo de papel. Traía consigo el perdón del Rey Jorge. Un indulto real para todos los piratas que depusieran las armas, renunciaran a su vida y agacharan la cabeza ante la corona. Para los que aceptaran, la vida. Para los que se resistieran, el baile macabro en la soga del verdugo.


El miedo es un veneno corrosivo, y en Nassau, se esparció más rápido que la propia peste. Empecé a ver las miradas esquivas de mis propios hermanos, los murmullos en las tabernas, el terror en los ojos de hombres que antes aseguraban no temerle al mismísimo diablo. Pero el golpe que me partió el alma, la estocada que aún hoy me hace hervir la sangre de asco y de vergüenza, no vino de un cobarde cualquiera. Vino de mi mentor. Vino de Benjamin Hornigold.

Benjamin era el hombre que nos había enseñado a navegar. El veterano que predicaba que los piratas podíamos tener reglas, que podíamos mantener un código de honor entre ladrones para no convertirnos en simples salvajes. Y sin embargo, allí estaba él. Lo vi con mis propios ojos, entregando sus armas, arrodillándose ante los emisarios de Rogers, suplicando el indulto como un perro apaleado. Me sentí vendido, traicionado hasta la médula. Asqueado por la cobardía de los viejos camaradas que preferían la humillación de la servidumbre a morir de pie. Pero la puñalada fue aún más profunda. Hornigold no solo se rindió; se unió a los Templarios. Se alió con los mismos arquitectos del orden y el control absoluto a los que yo me había enfrentado. Nos vendió a todos, uno por uno, para salvar su propio pellejo y ganarse un asiento en la mesa de sus nuevos amos. Un traidor miserable que cambió nuestra bandera negra por la cruz roja.


Hervía de rabia. No iba a permitir que me enjaularan como a un animal. Junto a Charles Vane, otro bribón demasiado terco para rendirse, preparamos un brulote, un barco cargado hasta los topes de pólvora y alquitrán, y lo lanzamos contra la flota del bloqueo. El mar se iluminó con el fuego del infierno. Entre la confusión, las explosiones y los gritos ensordecedores de los marineros británicos envueltos en llamas, logré romper el cerco con mi Jackdaw. Escapamos, sí, pero dejamos atrás nuestra ciudad. Dejamos atrás nuestro sueño, ahora reducido a cenizas flotando en las aguas de las Bahamas.


Navegué hacia el norte, con el corazón encogido, buscando a la única leyenda que me quedaba. Busqué a Edward Thatch, el mismísimo Barbanegra. Lo encontré en Ocracoke, celebrando lo que él llamaba su retiro. El gigante que había aterrorizado a las colonias, el hombre que encendía mechas bajo su sombrero para parecer el diablo encarnado, estaba cansado. En sus ojos ya no brillaba el fuego de la rebelión; solo había hastío. Me habló de comprar tierras, de vivir en paz sus últimos años, de dejar que el mundo siguiera girando sin él. Me dolió verle así, pero me alegré de que al menos él pudiera encontrar su descanso. Brindamos. Reímos. Recordamos tiempos mejores.


Pero el imperio no perdona. Nunca lo hace.


Fue en la bruma de la madrugada. Aparecieron como fantasmas surgidos de la nada. Los buques de la Royal Navy nos tendieron una emboscada brutal. Nos atacaron cuando estábamos anclados, desprevenidos. El aire se llenó al instante con el sonido desgarrador de la madera astillándose y el rugido ensordecedor de los cañonazos. El humo espeso de la pólvora nos cegaba, quemándonos la garganta mientras el pánico se apoderaba de la tripulación. Abordaron el barco de Thatch en oleadas incesantes. Casacas rojas inundando la cubierta como una plaga de langostas sedientas de sangre.

Yo salté hacia su barco. Abrí un camino a base de tajos y disparos, desesperado por llegar hasta él. A través de la cortina de humo, lo vi. Barbanegra no se rindió. Oh, Dios es testigo de que no lo hizo. Peleó como un demonio acorralado. Con una espada en cada mano y las pistolas escupiendo fuego, destrozaba a cada soldado británico que se atrevía a acercarse. Parecía invencible, una fuerza de la naturaleza indomable. Pero eran demasiados. Vi cómo una espada le atravesaba el costado. Luego un disparo de mosquete en el hombro. Otro corte en la pierna. Thatch sufría docenas de heridas, su cuerpo era un mapa de cortes sangrantes, pero se negaba a caer. Rugía con cada golpe que recibía, devolviendo la muerte con una furia inhumana.


Yo estaba a escasos metros, gritando su nombre, desgarrando gaznates con mis espadas, pero un muro infranqueable de soldados me impedía avanzar. Estaba tan cerca... y a la vez tan impotente. La desesperación me ahogaba. Entonces, en medio del caos, ensangrentado y al borde del abismo, Thatch me miró. Una fracción de segundo en la que el tiempo pareció detenerse. Su voz, grave y rota, resonó por encima del estruendo de la batalla:

—En un mundo sin oro, podríamos haber sido héroes.


El último tajo le cruzó el cuello. La montaña se derrumbó. El gran Barbanegra, la leyenda más grande que jamás haya surcado el Caribe, cayó muerto sobre las tablas astilladas de su propia cubierta, ahogado en un charco de su propia sangre.

El dolor me paralizó. Me empujaron por la borda y caí a las aguas heladas, tragando salitre y bilis, mientras veía su barco arder. Logré nadar hasta el Jackdaw y huir, pero una parte de mi alma murió en esa cubierta junto a él. Mientras me alejaba en la distancia, mirando la densa columna de humo negro que se elevaba hacia el cielo, una verdad gélida y aplastante se instaló en mi mente.


Ya no éramos intocables.

Nuestra arrogancia nos había hecho creer que el mar era nuestro, pero el imperio era una maquinaria colosal, fría y metódica, que no se detendría ante nada. Nos iban a dar caza. A todos y cada uno de nosotros. Sin piedad, sin cuartel. Comprendí, con el sabor de la derrota quemándome los labios, que la era de los piratas había terminado. Aquel día, la libertad murió asesinada bajo las botas de la corona, y mi codicia, aquella maldita ambición que me había arrastrado lejos de mi hogar, solo me había servido para quedarme absolutamente solo, contemplando las ruinas humeantes de mi propio paraíso.

Capítulo 4ESPEJISMOS DE ORO Y TRAICIÓN

El humo de nuestra utopía pirata aún me escocía en los pulmones. Nassau, la que un día fue la resplandeciente jewel de los hombres libres, había sido reducida a un nido de ratas asustadas y cenizas humeantes tras el implacable bloqueo de los británicos. Pero a mí, en el fondo de mi alma corrompida y envenenada, ya no me importaba lo más mínimo. La libertad, la lealtad, aquella república soñada por la que tanto habíamos brindado hasta caer exhaustos en las tabernas, me parecía ahora una farsa pueril. Solo había una verdad brillando en la oscuridad de mi mente enferma, un eco constante que me martilleaba las sienes día y noche, ahogando cualquier atisbo de razón o de cordura: el Observatorio.


Mi codicia había dejado de ser un simple deseo de riquezas para convertirse en un parásito insaciable, un veneno oscuro que me devoraba por dentro, nublando mi juicio y pudriendo mi espíritu. Me paseaba por la cubierta de mi amado Jackdaw como un espectro febril, sordo a todo lo que no fuera el tintineo de un oro imaginario. Adéwalé, mi leal contramaestre y el hombre más cabal que he conocido, me lo advertía a cada instante. Su voz profunda, cargada de una sensatez que yo en mi orgullo despreciaba, me rogaba que abriera los ojos, que mirase el estado ruinoso de mi propia tripulación. Pero yo estaba ciego. Solo veía en ellos, en mis hermanos de sangre, meras herramientas; carne y hueso barato para empujar mi barco hacia mi anhelado tesoro.

Las grietas de mi locura empezaron a resquebrajar los cimientos de mi navío y de mi propia vida. Escuchaba los murmullos a mis espaldas cuando pasaba junto al timón. Veía las miradas furtivas y cargadas de recelo de mis propios hombres mientras se dejaban las rodillas al fregar la cubierta. La paranoia se apoderó de mí como una fiebre de los pantanos; estaba convencido de que todos conspiraban para arrebatarme mi premio, de que ninguno de aquellos necios tenía la grandeza necesaria para comprender mi colosal visión. Les estaba exigiendo proezas imposibles, arrastrándolos al filo del abismo, ignorando sus heridas supurantes, su fatiga y su hambre atroz. Yo era un demente absoluto, un ciego caminando con paso militar hacia el precipicio, persuadido de que al fondo hallaría un mar de doblones que me libraría para siempre de la vergonzosa miseria de ser un desgraciado sin donde caerse muerto.


Y el abismo, oscuro, vasto e implacable, me devolvió la mirada. La ambición me pasó una factura sangrienta, y el cobrador no fue otro que el mayor cobarde que jamás escupió sobre una cubierta: Jack Rackham. Ese vil bribón, ese borracho de tres al cuarto, aprovechó la debilidad, el miedo y el descontento que yo mismo había sembrado entre la tripulación para orquestar un sucio motín a mis espaldas. En la negrura de la noche, tras desarmarme a traición, me arrebataron mi barco, mi tesoro más preciado, y me abandonaron a mi suerte en las costas infernales de la isla de Providencia. Pero no fui el único arrojado a aquel destierro; Charles Vane, antaño un corsario indomable, salvaje y temido por imperios enteros, fue desterrado conmigo a aquella húmeda prisión verde.

Providencia no era una isla, era una tumba asfixiante que te aplastaba el pecho sin piedad. La selva se erguía frente a nosotros como un muro impenetrable de espinas, lianas retorcidas y hojas putrefactas que nos estrangulaba a cada paso que dábamos. El calor era un manto de plomo fundido que derretía la poca cordura que nos quedaba y te pegaba los harapos a la piel llagada. No había brisa, solo un aire denso, estancado y venonoso, el zumbido enloquecedor de los mosquitos hambrientos y el persistente hedor a tierra muerta y salitre. Y allí, bajo aquel sol abrasador que castigaba la nuca de los pecadores, vi cómo la mente de Charles Vane se hacía pedazos de la forma más trágica y descarnada posible.


La traición de Rackham había sido el mazazo definitivo para una psique ya severamente fracturada por la caída de Nassau. Charles empezó a hablar solo, balbuceando incoherencias, gritándole a las sombras de los árboles y maldiciendo a fantasmas que solo él podía conjurar en su tormento. Sus ojos, inyectados en sangre y desorbitados por la sed y el delirio, perdieron de golpe cualquier resquicio de humanidad. Vane se asilvestró. Se convirtió en una bestia acorralada que acabó volviéndose contra mí, culpándome de todos sus males. Me acechaba entre la maleza espesa, arrojándome granadas improvisadas y riendo con una histeria rota que helaba la sangre en las venas. Tuvimos que enfrentarnos como dos perros rabiosos revolcándonos en el fango y las ruinas. Me dolió en lo más profundo del alma tener que reducirlo a base de golpes, ver a la gran leyenda del Caribe, al indomable Vane, convertido en un animal patético y sollozante. Lo dejé atrás, babeando y aullando maldiciones en la miseria de la selva, mientras yo lograba huir de aquel ataúd de vegetación a bordo de un destartalado cascarón de madera, una ruina flotante comida por la podredumbre que a duras penas se mantenía sobre las olas.


Conseguí recuperar el Jackdaw semanas después. Cualquier hombre sensato habría escarmentado tras semejante caída a los infiernos. Habría pedido perdón de rodillas a su tripulación y habría dado gracias al cielo por seguir respirando. Pero mi alma estaba demasiado negra, demasiado enferma. En lugar de buscar la redención, decidí forjar un pacto de sangre con el mismísimo diablo. Me alié con Bartholomew Roberts, el Sabio.


Tratar con Roberts era como jugar a los dados con la parca. Era un hombre de una excentricidad perturbadora, inescrutable, frío, calculador y absolutamente letal en cada uno de sus movimientos. Te miraba con unos ojos antiguos que parecían haber presenciado el fin de mil mundos, destilando una arrogancia alienígena y enfermiza. Se mofaba abiertamente de la moralidad, del honor y del sufrimiento de los hombres, y, sin embargo, su magnetismo oscuro me atrapó sin remedio. Él era la única llave hacia el Observatorio; el único que conocía la ruta. Cegado por el putrefacto brillo del premio que creía merecer, me autoconvencí de una mentira ridícula y suicida: creí, en mi desesperada soberbia, que existía algo de lealtad entre ladrones. Pensé que, al compartir nuestro odio hacia las coronas y los imperios, cumpliría su palabra de guiarme hacia la gloria absoluta. Puse todo mi destino, mi barco y mi vida en manos de un hombre que se jactaba, con una sonrisa torcida, de no profesar lealtad hacia nadie.


Y al final del viaje, la Muerte me aguardaba para cobrar su inevitable deuda. El corazón de la espesa selva se abrió de par en par ante nosotros para revelar el mayor y más oscuro secreto de la historia del hombre. Adentrarse en las entrañas del Observatorio fue como cruzar un umbral hacia el vientre de un dios dormido de metal y piedra. La majestuosidad mística del lugar me dejó completamente paralizado, sin aliento. Muros de una arquitectura pulida, soberbia e imposible, metales extraños que no eran de este mundo y luces espectrales que palpitaban como gruesas venas de energía pura bajo la roca cavernosa. Y en el centro absoluto, el ansiado trofeo: la esfera armilar, el dispositivo capaz de vigilar a cualquier rey, enemigo, esposa o traidor con tan solo depositar una gota de su sangre en los cráneos de cristal. El mito que había perseguido regando el Caribe con tanta sangre y lágrimas era real. Tan real que podía tocarlo.

La inmensidad de aquella maravilla me embriagó por completo. Por un segundo eterno, me sentí el amo absoluto del universo, soñando con un poder y una riqueza incalculables que harían arrodillarse a todos los monarcas de la vieja Europa. Estaba tan extasiado, tan borracho y ciego de gloria, que jamás vi venir el tajo a traición.


Fue un jarro de agua helada, un mazazo brutal, indigno e inesperado. Roberts me miró con aquella frialdad matemática suya, desprovista de cualquier empatía, y sin pestañear siquiera, dictó mi sentencia en voz baja y calmada.

—Nuestra sociedad ha terminado, Kenway —siseó, con una media sonrisa dibujada en los labios.


La traición me atravesó el pecho y me robó el aire. El Sabio me arrebató el artefacto de las manos y, con un empujón calculado y cobarde, me arrojó al fondo de aquel pozo milenario para dejarme pudrir entre las sombras de los precursores. Sobreviví a la terrible caída solo para arrastrarme malherido, con la carne desgarrada, hacia la salida de luz, para descubrir que el maldito Sabio ya me había vendido. Me molió a golpes con la ayuda de sus matones, rompiendo mis costillas, escupiendo sobre mi orgullo hecho añicos, y me entregó a las crueles autoridades británicas como a un vulgar trozo de carne lista para el matadero.

El violento chasquido del hierro al cerrarse con saña en mis muñecas fue mi verdadero despertar. El frío inerte y pesado de los grilletes me mordía la piel abierta y ensangrentada. Fui arrojado como un fardo a la más oscura, hedionda y sofocante de las celdas de Port Royal, en las fauces de Jamaica. Allí, sepultado en la piedra, rodeado del olor a orines y muerte, de ratas escurridizas y de un silencio denso roto únicamente por los lamentos ahogados de otros condenados, el deslumbrante espejismo del oro se disipó para siempre.


En mitad de mi agonía, tiritando por la fiebre, con el cuerpo destrozado y el espíritu desgarrado por una culpa lacerante, por fin abrí los ojos a la cruda y miserable verdad. No había sido la astucia indescifrable de Roberts. No había sido la sucia cobardía de Rackham. Fui yo. Mi propia y maldita codicia, esa enfermiza y desesperada ambición egoísta por no ser un simple granjero, había estado tejiendo, hilo a hilo y mentira a mentira, la áspera soga que ahora asfixiaba mi cuello. Yo mismo, en mi estúpido delirio de grandeza, había caminado ciego y gozoso directo hacia las fauces de mis enemigos. Y en aquella oscuridad asfixiante, atrapado entre gruesos muros de piedra, por primera vez en toda mi miserable vida, supe de verdad lo que era estar completa y absolutamente solo.

Capítulo 5EL ABISMO Y LA PÉRDIDA

El sol de Jamaica no calienta; te despelleja vivo. Te arranca la cordura a tiras y te fríe los sesos hasta que solo queda un eco sordo y zumbante en tu propia cabeza. Durante meses me pudrí en una jaula colgante de hierro a las afueras de Port Royal, balanceándome a merced del viento abrasador como un trozo de carne muerta expuesto al morboso escrutinio de las gaviotas y los cuervos. El metal ardía al rojo vivo, fundiéndose sin piedad con mis llagas supurantes, y la sed... la sed era un fuego blanco y cegador que me devoraba la garganta y me hacía tragar mi propia sangre. Cuando las crueles autoridades británicas se cansaron del dantesco espectáculo, cuando vieron que ya no quedaba orgullo que quebrar en aquel corsario galés, me descolgaron como a un fardo sin valor y me arrojaron de cabeza a lo más profundo del infierno: las celdas infectas de la prisión.


Allí abajo, sumido en una oscuridad perpetua y asfixiante, me convertí en la miseria misma. El hedor del calabozo era insoportable, una mezcla pútrida de heces, salitre, sangre seca y enfermedad que se te incrustaba en los pulmones con cada respiración agónica. Éramos la peor escoria imaginable, hombres rotos y olvidados por la mano de Dios. Mi cuerpo, antaño fuerte e invencible, ágil en los mástiles del Jackdaw, no era más que un saco de huesos temblorosos. Las ratas, hambrientas y osadas por la penumbra, correteaban por mis piernas, mordisqueando las puntas de mis botas, esperando con paciencia a que terminara de caerme muerto, a que este bribón, que algún día se creyó el amo absoluto del Caribe, cerrara por fin los ojos. La fiebre me consumía, asolándome con delirios terroríficos en los que veía mi oro escurriéndose entre mis dedos como lodo. Había perdido mi barco, mi tripulación, mi dignidad y mi alma. Era una sombra patética, un cascarón vacío destrozado por su propia e insaciable codicia.

Y entonces, entre las brumas espesas de mi agonía, apareció él. Ah Tabai. El anciano Mentor de la Hermandad de los Asesinos. Se movía por aquel lúgubre infierno con la misma quietud letal que una pantera en la espesura de la selva. Despachó a los guardias en un suspiro y abrió la pesada reja de mi celda, pero cuando alcé la mirada buscando un atisbo de compasión, solo encontré un gélido y aplastante desprecio. Me arrojó mis armas y mis ropas al suelo cubierto de fango, no como a un aliado que acaba de ser rescatado, sino como a un chucho sarnoso y callejero.


—No he venido a salvarte a ti, Edward —susurró con una voz cortante como el hielo de un glaciar—. He venido por Mary y por Anne.

Aquellas palabras me golpearon con cien veces más fuerza que cualquier latigazo o bala de mosquete. La vergüenza me aplastó el pecho como una losa de granito, dejándome sin aire. El peso de todos mis pecados, de mi arrogancia, de mis mentiras y mis traiciones imperdonables, cayó sobre mis hombros en un instante de lucidez desgarradora. Ah Tabai tenía toda la razón del mundo. Yo no merecía ser rescatado; merecía pudrirme en ese agujero. Mi enfermizo egoísmo había arrastrado a Mary Read y a Anne Bonny a aquel calabozo, y ahora ellas, dos mujeres que valían mil veces más que mi miserable vida, estaban sufriendo por mi culpa. Me aferré a las empuñaduras de mis espadas con las manos llenas de llagas, jurándome a mí mismo que, aunque fuera lo último que hiciera en este putrefacto mundo, iba a sacarlas de allí.


Me abrí paso por los pasillos de piedra de la prisión, tambaleándome ciego por la debilidad. La atmósfera era tan agobiante que parecía sólida, un muro de humedad y lamentos que amenazaba con engullirme vivo. Las paredes rezumaban agua sucia y limo, y en la penumbra se escuchaban los llantos y los gritos desgarradores de hombres que habían perdido totalmente el juicio. En una celda aledaña vi a Charles Vane, balbuceando locuras, destrozado, convertido en un animal rabioso, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal al comprender que ese abismo también me aguardaba a mí. Pero no me detuve. No podía detenerme. Atravesé la guardia británica en silencio, degollando centinelas con la furia sorda de un hombre que intenta aferrarse a la última chispa de luz que queda en su existencia.


Finalmente, llegué hasta ellas. Y lo que vi me partió el alma en mil pedazos irrecomponibles.

Mary Read, la indomable, la fiera pirata que había aterrorizado los mares disfrazada del joven James Kidd, yacía sobre un mugriento y empapado montón de paja, consumida brutalmente por las fiebres. Había dado a luz en aquel foso inmundo. Aquellos monstruos engalanados con uniformes de Su Majestad la habían dejado parir en la mugre y luego, con la mayor de las frialdades, le habían arrebatado a su pequeño sin mostrar un ápice de piedad. Su rostro estaba pálido como el mármol antiguo, y sus ojos, hundidos y rodeados de oscuras ojeras, carecían de aquel fuego desafiante que siempre la había caracterizado. Estaba agonizando, apagándose como la llama de una vela en medio de un huracán.


—Vamos, Mary —le dije, forzando una sonrisa que se me rompía en los labios mientras la levantaba del suelo húmedo—. Te sacaré de aquí. Nos iremos... surcaremos los mares de nuevo, te lo prometo.

Me negaba en rotundo a aceptar la realidad. Me negaba a dejar que mi codicia se cobrara una vida más, no la de ella. La cargué en mis brazos. Apenas pesaba, estaba frágil como una muñeca de trapo, pero cada paso que dábamos hacia la salida era un esfuerzo titánico, una tortura infernal. El sudor me escocía en los ojos, los pulmones me ardían suplicando aire, y las rodillas me temblaban dispuestas a ceder, pero seguí caminando por aquellos pasillos oscuros. Le susurraba palabras de aliento vacías, promesas imposibles, suplicándole a un Dios en el que nunca me digné a creer que me diera fuerzas.


—Casi estamos, Mary... falta poco... aguanta un poco más... —jadeaba yo, ahogándome en mi propia e insalvable impotencia.

Pero mi voluntad no era suficiente. A escasos metros de la puerta, sintiendo ya la brisa del mar acariciándonos, el cuerpo de Mary no pudo aguantar el castigo. Se le doblaron las fuerzas y se desplomó de mis brazos con un quejido sordo. Caí de rodillas al barro junto a ella, sosteniendo su cabeza en mi regazo, preso de un pánico atroz y helado.


—No, no, no... Mary, mírame. Quédate conmigo, por favor, te lo ruego —le supliqué, sintiendo cómo las lágrimas calientes y amargas me resbalaban por las mejillas manchadas de sangre y mugre.

Ella esbozó una sonrisa débil, cargada de una ternura indulgente que me destrozó por completo. Me miró con aquellos ojos inmensamente cansados y, alzando una mano temblorosa, me acarició el rostro áspero.


—He cumplido con mi parte, Edward... —susurró, con un hilo de voz que apenas lograba imponerse al sonido de mis sollozos—. Estaré contigo siempre... pero debes cambiar tu rumbo. Haz lo correcto.

La vida se escurrió de su mirada en ese preciso y maldito instante. Su cuerpo quedó inerte entre mis brazos. Di un grito mudo, desgarrador, apretándola contra mi pecho mientras el mundo entero, con todo su oro y todas sus promesas, se desmoronaba a mi alrededor convirtiéndose en cenizas. La única persona que aún creía que había algo de bondad bajo mi sucia coraza se había ido para siempre.


Ah Tabai se acercó en silencio desde las sombras. Me miró desde arriba y, esta vez, en sus ojos ya no vi asco, sino una profunda y compasiva tristeza. Me apartó con suavidad y cargó el cuerpo sin vida de Mary en sus hombros para darle un final digno de un Maestro Asesino. Yo me quedé allí, tirado en la inmundicia de la prisión, completamente vacío. Destrozado. Muerto en vida.

Logré arrastrarme lejos de Port Royal, pero no huí hacia la redención ni hacia la libertad; huí hacia el olvido más cobarde. Me sumergí de cabeza en una espiral de autodestrucción repulsiva. Busqué refugio en el fondo de la botella, ahogándome en el ron más barato de Kingston hasta perder el sentido, tratando desesperadamente de apagar el inmenso dolor, de silenciar las voces que me taladraban la conciencia con cuchillos al rojo vivo. Fueron días y noches de una negrura absoluta y viscosa. Vagaba por las tabernas de mala muerte y las playas desiertas como un espectro sin rumbo, vomitando bilis, consumido por alucinaciones febriles que me arrastraban de los pelos al mismísimo centro del averno.


En el clímax de mi delirio etílico, los fantasmas de mi pasado vinieron a cobrarme sus deudas de sangre. Vi a Caroline, mi dulce esposa, mirándome con ojos anegados en lágrimas, preguntándome con la voz rota por qué nuestro amor no había sido suficiente, por qué había preferido el brillo falso de los doblones a su calor. Vi al inmenso Barbanegra, con el torso acribillado a balazos y sangrando a borbotones, riéndose de mi patética soledad mientras el fuego y el humo negro le consumían las mechas del sombrero. Vi a Benjamin Hornigold, el traidor, señalándome con el dedo, recordándome que yo era tan escoria egoísta como él, y vi a Mary... a mi querida Mary, observándome en silencio con una decepción que me quemaba las entrañas. Todos me rodeaban en una danza macabra, gritándome al oído que yo era el único artífice de mi ruina.

Había tocado el fondo del abismo. No me quedaba nada por lo que luchar. Ni oro, ni imperios, ni orgullo. Solo un inmenso y asfixiante vacío que amenazaba con devorarme.

Desperté a la mañana siguiente, tirado boca abajo en la arena hirviente de una playa caribeña, con la ropa pegada al cuerpo por el salitre y la bilis. La resaca me partía el cráneo con martillazos de puro dolor. El rugido del mar Caribe rompía contra la orilla con una indiferencia cruel. Y allí, arrodillado como un mendigo frente a la inmensidad del océano, me eché a llorar. Lloré como no lo había hecho desde que era un niño indefenso en los fangosos campos de Gales. Lloré por Mary, que murió creyendo en mí. Lloré por Caroline, a la que le fallé estrepitosamente. Lloré por el estúpido, necio e inmaduro egoísta que había sido durante toda mi vida. Y entre aquellas lágrimas y sollozos roncos que se ahogaban en el ruido de las olas, comprendí la descarnada verdad que tanto tiempo había intentado eludir. La riqueza material era una mentira, una soga dorada alrededor de mi cuello. Si seguía por aquel camino de avaricia ciega, mi único y verdadero legado sería una tumba sin nombre en una fosa común.

Me puse en pie, tiritando, limpiándome la cara con el dorso de una mano cubierta de cicatrices. En aquel foso de absoluta miseria y desesperanza, tomé la decisión más trascendental de mi existencia. Tenía que enmendar el terrible daño que había causado. Tenía que abrazar el Credo que tanto había despreciado. Debía cambiar mi rumbo para siempre... o caer muerto intentándolo.

Capítulo 6EL RENACER BAJO EL CREDO

El dolor tiene la extraña virtud de arrancar, de un solo tirón, las vendas más gruesas que ciegan a los hombres. Tras la muerte de Mary, tras haber tocado el fondo del abismo en aquella pútrida celda de Jamaica y haberme ahogado en los delirios del ron, las escamas de mi insaciable codicia cayeron por fin al suelo, mezcladas con el fango. Dejé atrás los fantasmas de mi arrogancia y regresé a la espesura verde de Tulum, la sagrada guarida de los Asesinos, arrastrando los pies y con el alma hecha jirones. No volvía buscando la gloria de antaño, ni los cofres repletos de doblones por los que había sacrificado a mis hermanos; buscaba, desesperadamente, una penitencia que limpiara mi espíritu. Me presenté ante el Mentor Ah Tabai, no ya como el corsario temerario que otrora había profanado su hogar y traicionado su confianza, sino como un hombre completamente vacío, dispuesto a ser forjado de nuevo en las llamas del deber.


El anciano no me ofreció consuelo, pues sabía que yo no lo merecía, sino que me impuso una férrea disciplina. Me sometió a un adiestramiento brutal que castigó mi carne, puliendo mis instintos letales y quebrando hasta la última brizna de egoísmo que habitaba en mi interior. En el sepulcral silencio de aquellas ruinas milenarias, bajo el sofocante e implacable sol del Caribe, al fin comprendí la profunda máxima que tanto había despreciado y malinterpretado en mi necia juventud: «Nada es verdad, todo está permitido». Durante años de ceguera, creí que aquellas misteriosas palabras eran una burda licencia para la anarquía, una excusa barata para que un bribón hiciera lo que le viniera en gana sin rendir cuentas a nadie. Qué inmensamente equivocado estaba. Comprendí, con el peso del mundo cayendo sobre mis hombros, que no era un permiso, sino una advertencia trágica. Era una brújula moral ante un mundo frágil y caótico, una exigencia absoluta para ser los únicos arquitectos de nuestras propias acciones, asumiendo una responsabilidad aplastante. No había reyes que nos guiaran, ni dioses que nos salvaran; solo nosotros, ocultos en las sombras, velando con nuestra vida por el libre albedrío de la humanidad. Cuando Ah Tabai me tendió las túnicas de la Hermandad, me ceñí la capucha. Pero esta vez, no llevaba un traje robado, manchado de sangre ajena para cobrar una sucia recompensa. Esta vez, me lo puse con la convicción inquebrantable de un Maestro Asesino.


Mi primer objetivo era desmantelar, pieza a pieza, la conjura templaria que tanto dolor había sembrado en el paraíso. Inicié una venganza sistemática, implacable y silenciosa, guiado por una sed de justicia sombría que había sustituido por completo a mi antigua avaricia. En Kingston, el traidor Woodes Rogers, el implacable azote de la república de Nassau, celebraba una pomposa recepción política, rodeado de altivos casacas rojas y envuelto en una falsa opulencia. Me infiltré en su propia fiesta, fundiéndome entre los jardines, las sombras y los invitados como un espectro vengativo. No hubo el estruendo de los mosquetes, ni las bravuconadas de un capitán pirata. Me acerqué a él al amparo de la oscuridad caribeña, y con la precisión y la frialdad del acero, deslicé mi hoja oculta entre sus costillas. Lo vi boquear, con los ojos desorbitados por la sorpresa, mientras la vida se le escapaba en un susurro ahogado, dejando un traidor menos en el tablero sin que nadie a su alrededor advirtiera su final.


Pero la verdadera bestia, la deidad pagana de mi tormento, aguardaba muy lejos de allí, en las tórridas costas de África. Puse rumbo a la isla de Príncipe a bordo de mi leal navío, el Jackdaw, para dar caza a Bartholomew Roberts, el temido Sabio. El hombre que me había utilizado, que había mancillado cualquier atisbo de lealtad entre ladrones y me había dejado pudrir a las puertas de la muerte. El océano rugió con la misma furia que mi propia alma a nuestra llegada, presagiando la masacre inminente. El épico combate naval se desató como una tormenta apocalíptica de fuego, pólvora y madera astillada. Los estruendosos cañonazos ensordecían el mundo entero, y las balas de plomo y hierro destrozaban los mástiles mientras el humo negro nos asfixiaba la garganta. En un abordaje salvaje y desesperado, salté a la cubierta del Royal Fortune esquivando el choque de los sables y los gritos agónicos de los condenados. Roberts me esperaba, esgrimiendo su soberbia ancestral. Peleamos como demonios desatados entre la sangre y la lluvia, pero mi propósito era ahora inquebrantable, tallado en piedra. Con un movimiento rápido y certero, mi acero le arrebató la vida. De entre sus ropas ensangrentadas, recuperé la fría calavera de cristal, la ansiada llave del Observatorio. Mientras su cuerpo sin vida caía pesadamente sobre las tablas de su navío, sentí que le devolvía por fin la profunda herida de su traición.


Aún quedaba, sin embargo, el artífice de toda esta interminable pesadilla: el Gran Maestre Templario Laureano de Torres. Regresé a las Indias Occidentales, al corazón mismo de la intrincada selva, adentrándome una vez más en las frías entrañas del Observatorio milenario. El templo de la Primera Civilización zumbaba con una energía espectral, alienígena e indiferente a nuestra diminuta miseria humana. Las gigantescas paredes de roca y metal pulido eran testigos mudos de nuestra crueldad. Torres ya estaba allí en el interior, protegido por su guardia personal de élite, intentando doblegar el poder del artefacto para rastrear y esclavizar las mentes del globo. La tensión en aquella caverna luminiscente era absoluta. Me abrí paso a través de las defensas precursoras, esquivando los letales haces de luz mortal que la máquina escupía para proteger su núcleo. Torres me observaba desde el centro del mecanismo, aferrado ciegamente a su falsa ilusión de orden y tiranía. Me abalancé sobre él desde las alturas con la furia contenida de mil batallas. Nuestras miradas se cruzaron una última vez antes de que mi acero le atravesara la garganta, silenciando sus delirios de grandeza. Torres murió a mis pies, y con él, se apagó el zumbido vibrante de la gran máquina, devolviendo la esfera a su letargo milenario. El ciclo de sangre se había cerrado; había protegido al mundo del terrible poder de aquel artefacto. Y sin embargo, al mirar su cadáver, no sentí alegría alguna. No hubo una celebración gloriosa, ni el estallido de euforia que antaño me producía el brillo del oro. Solo sentí el peso plomizo en los huesos, el cansancio amargo y silencioso de un deber cumplido a un precio demasiado alto.


Agobiado por el silencio de la victoria, emprendí el regreso a la base de los Asesinos, dispuesto a abrazar mi nueva y solitaria existencia en la sombra. Pero el destino, cruel y caprichoso, aún me tenía reservado el último golpe al corazón. Ah Tabai se acercó a mí en el puerto. Con un semblante inusualmente grave que me heló la sangre, me tendió una carta desgastada, recién llegada a través del mar desde Inglaterra. Rompí el sello con las manos temblorosas, intuyendo la sombra de la desgracia antes incluso de leer la primera línea. Las palabras, escritas con tinta oscura, bailaron y se emborronaron ante mis ojos inundados por las lágrimas. Caroline. Mi dulce, paciente y amada Caroline, había muerto. Consumida sin remedio por la enfermedad hacía ya varios años, languideciendo mientras yo surcaba los mares persiguiendo un maldito espejismo de riqueza. Me derrumbé internamente, sintiendo que el mundo se abría bajo mis pies. Todo el oro del Caribe, todos los galeones hundidos, toda mi infame gloria... todo había sido en vano. Le había fallado de la manera más egoísta y miserable que un hombre puede concebir.

Sin embargo, a través de mi llanto silencioso, al final del pergamino, la carta guardaba una última revelación. Una sorpresa desgarradora que me dejó completamente sin aliento. Caroline no se había marchado sin más; me había dejado un legado. Una hija. Una chiquilla de la que yo jamás había sabido de su existencia, que llevaba mi sangre y se llamaba Jennifer Scott. La noticia me atravesó el pecho no como una espada, sino como un haz de luz resplandeciente abriéndose paso a través de la tormenta más oscura de mi vida. No estaba solo. Aún quedaba algo hermoso en este mundo, una chispa pura que no había sido corrompida por mis pecados, aguardándome en la distancia. Roto por el inmenso dolor de la pérdida irreparable, pero impulsado por un fuego nuevo, profundo y vital, me sequé las lágrimas. El corsario había muerto, y el Maestro Asesino había cumplido su misión. Ahora, recogería mi capa, dejaría atrás los mares de sangre y pondría rumbo a mi verdadero hogar en Londres. Me preparé para enfrentar el desafío más grande, aterrador y hermoso de toda mi existencia. Me preparé, por fin, para ser un padre.

EpílogoUN NUEVO HOGAR, UNA VIEJA SOMBRA

Han pasado ya muchos años desde que el salitre caribeño dejó de curtir mi piel. Atrás quedó el rugido ensordecedor de los cañonazos, el crujido agonizante de la madera de mi amado Jackdaw y la brisa cálida de aquellas islas bañadas en sangre y ron. Ahora, mis pulmones respiran el aire denso, gris y ahumado de Inglaterra. Aquí, en mi mansión de Londres, entre muros de piedra sólida y chimeneas chisporroteantes, logré por fin forjar el anhelo que me sacó de mi miseria en Gales: una vida decente. Una casa firme, donde el viento helado no pudiera colarse por las grietas para enfermarnos.


Pero, qué extraña y caprichosa es la madurez. Tardé décadas, y un inmenso reguero de cadáveres, en comprender que la verdadera riqueza nunca estuvo encerrada en los cofres de los galeones españoles. La riqueza respiraba bajo mi propio techo. La veo cada día en la mirada aguda y perspicaz de mi hija, Jennifer Scott, el legado vivo de mi querida Caroline. La siento en la templanza y el amor incondicional de Tessa, mi esposa, la mujer que tuvo la infinita paciencia de enseñarme a amar cuando yo solo era un cascarón vacío. Y la abrazo al ver crecer a mi pequeño Haytham. Él es mi orgullo, mi esperanza. A él le regalé su primera espada, tratando de enseñarle a pensar por sí mismo, a cuestionar el mundo con la mente abierta y el corazón noble. Creí que, rodeado de ellos, mis pecados habían sido perdonados. Creí que podría ser un simple padre de familia, un hombre en paz.


Sin embargo, qué inmensamente necios somos los hombres cuando nos acomodamos. Olvidamos que el pasado es un sabueso tenaz, una vieja sombra que jamás se entierra del todo. Creí haber dejado a mis peores demonios pudriéndose en el trópico, pero la verdadera amenaza no vestía bandera pirata ni casaca militar. Llevaba trajes de seda y se sentaba a cenar a mi propia mesa, bebiendo de mi propio vino.

Reginald Birch. Ese es el nombre de mi condena. Lo acogí en mi hogar como a un amigo de confianza, lo nombré el administrador de mis propiedades. ¡Un maldito cobarde de la Orden de los Templarios infiltrado en mi propia casa! Se ganó mi favor con sonrisas falsas, cortejando a mi Jennifer con palabras vacías, mientras sus ojos de serpiente escudriñaban cada rincón de mi despacho buscando mi diario personal. Buscaba mis notas, mis investigaciones, los mapas y secretos del Observatorio y la Primera Civilización que con tanto recelo había guardado para que el mundo conservara su libre albedrío. Fui ciego. La comodidad y el amor por los míos me ablandaron, y no vi el filo de la traición hasta que lo tuve rozándome la garganta.


Llegó la fatídica noche. El 3 de diciembre del año de nuestro Señor 1735. Afuera, el invierno londinense mordía con ferocidad las calles adoquinadas. Adentro, la más absoluta oscuridad se cernió sobre nosotros. No me despertó el estampido de los morteros en alta mar, sino el sonido seco de la madera astillándose y los gritos ahogados y terroríficos de mis sirvientes siendo masacrados en sus propios lechos.

La mansión estaba siendo asaltada. Mercenarios enmascarados, escoria sin honor enviada por el ruin de Birch, inundaban los pasillos de mi santuario. Salté de la cama. Ya no había tiempo para lamentos ni para la desesperación. Tomé mi pesada espada de la pared. El roce del cuero y el metal frío en mi palma me devolvió, por un ínfimo instante, la fiereza del corsario que una vez fui. Corrí hacia el salón principal, el paso obligado hacia las escaleras, dispuesto a convertirme en un muro infranqueable. «¡Tessa! ¡Protege a los niños! ¡Huid!», grité con todas mis fuerzas, interponiéndome entre la negrura y mi sangre.


Chocaron los aceros en la penumbra de la estancia. Luché. Dios sabe que luché como un demonio acorralado. Mi espada dibujó destellos de muerte en el aire, rasgando carne y derramando la sangre de aquellos asesinos a sueldo sobre mis alfombras. Cada tajo que daba, cada ataque que desviaba con furia, era un valioso segundo que le compraba a mi familia para escapar. Defendí las escaleras de mi salón como si fueran las mismas puertas del cielo.

Pero el tiempo es un ladrón cruel. Ya no soy aquel joven pirata arrogante que saltaba entre mástiles bajo una lluvia de metralla. Mis pulmones ardían exigiendo aire, mis brazos pesaban como el plomo, y mis reflejos, mermados por los años de paz burguesa, no pudieron seguir el ritmo macabro de la refriega. Eran demasiados. Las sombras parecían multiplicarse a mi alrededor.


Y entonces, llegó el final.

Un error minúsculo. Un paso en falso. Una espada enemiga resbaló por mi guardia rota y, con un sonido sordo y húmedo, me atravesó el pecho de lado a lado. Sentí el frío mortal del acero partiendo mis costillas, quemándome las entrañas y perforando mi corazón. Me quedé sin aliento, boqueando como un pez en la cubierta, mientras el sabor metálico de la sangre me inundaba la boca.


Caí de rodillas. Qué inmensa y dolorosa ironía... Miradme bien. El gran Edward Kenway, la pesadilla de las flotas del tesoro, la leyenda de la bandera negra, no muere engullido por el rugir del océano ni hundido bajo la peor de las tormentas. No caigo en la cubierta astillada de un galeón, rodeado de mis hermanos piratas. Muero en tierra firme. Caigo derrotado en el salón de mi propia casa, atrapado en la penumbra, asesinado por la misma civilidad que tanto anhelaba alcanzar.

Mi cuerpo se desploma pesadamente sobre el mármol helado de mi hogar. Un charco caliente y oscuro se extiende bajo mi mejilla. La visión se me nubla rápidamente, los bordes de la habitación se tiñen de un negro absoluto, y el clamor de la lucha se desvanece convirtiéndose en un murmullo lejano, casi pacífico.


Pero escuchadme bien, vosotros que habéis juzgado mi historia. Mientras la vida se escurre de mis manos, no siento terror. No siento el vacío aplastante que me atormentó en aquella asquerosa celda de Jamaica. Comprendí, con una claridad deslumante que ilumina mis sombras, que esta muerte no es una derrota. Es un sacrificio. Es el precio final, y el más humilde que podía pagar, para comprarle el mañana a mi sangre. Entrego mi vida con gusto si con ello he logrado darle a mi pequeño Haytham el tiempo suficiente para huir. Si con ello he protegido a Jennifer.

Fui un majadero sin oficio, un corsario egoísta, un pirata ciego por la codicia y un pésimo marido. Cometí pecados que ni mil océanos podrían lavar. Pero ahora, en mi último y agónico aliento, mientras el eco de las olas del Caribe me llama suavemente para volver al mar y el manto de la muerte me abraza... sonrío.

Porque mi nombre es Edward Kenway. Y me marcho de este mundo siendo, por fin, un verdadero Asesino... y un buen padre.